Seminario
 
Historia del Seminario Mayor de Abancay PDF Imprimir E-mail
Textos entresacados de los escritos de Mons. Enrique Pélach

Mons. Enrique Pélach fue nombrado Obispo de Abancay en 1968. La diócesis de Abancay, en ese entonces, era de las más inhóspitas de la sierra, con apenas clero. Llegado a Abancay, el nuevo Obispo hizo peripecias para pedir a Dios y buscar vocaciones al sacerdocio. Todo parecía inútil, pues había jóvenes que se apuntaban, pero al poco tiempo se iban.


Mons.  Enrique Pélach narra que en julio de 1974, en una entrevista, San Josemaría  Escrivá le aseguró que si continuaban rezando, muy pronto “tendréis muchas vocaciones”. Mons. Escrivá, unos días antes de cumplirse el año de aquella profecía, se fue al Cielo.

Sorpresa: En la reunión mensual de pastoral del mes de octubre siguiente, el Padre Guillermo Hoffmann, párroco de Andahuaylas, preguntó:
-     ¿Qué tengo que hacer con dos chicos que quieren venir al Seminario?

En cuanto dijo esto, otros párrocos dijeron:
-    Yo también tengo uno que quiere ser sacerdote.
-    En mi parroquia hay tres.
-    En la mía dos...

 

Total, eran doce chicos con deseos de ser sacerdotes. Nunca habíamos pasado de cinco. Acordamos ir preparándolos en las mismas parroquias, cuidándolos personalmente en cuanto a virtudes humanas y piedad.


En el mes siguiente, noviembre, en la reunión pastoral, pregunté que era de aquellos chicos, y enseguida dieron el dato de otros y otros que, en total, sumaron treinta y dos vocaciones nuevas, y en diciembre subió el número a cuarenta  y tantos, no recuerdo exactamente. En vista de lo cual decidimos – yo diría deportivamente- tres acuerdos, que se escribieron en el libro de actas:

1.    Hacer un cursillo de selección en la primera quincena de enero, dado que en la casita de la Academia-Seminario no cabían más que doce.
2.    Se confiaba al Sr. Obispo buscar y comprar un terreno adecuado para construir un seminario de verdad, con capacidad suficiente.
3.    Encargar los planos del nuevo Seminario.
4.    Comentario a los tres acuerdos: lo primero fue rezar y hacer rezar a nuestro “Abogado” del Cielo.

Al cursillo de selección de enero los párrocos enviaron 53 chicos de enseñanza media para ingresar al Seminario Menor. Se seleccionaron dieciocho, contando con que pondríamos el comedor en el patio, bajo un cobertizo.
Encontré en verdad un terreno suficiente, pero no hice trato porque el dueño pedía 150 soles por metro cuadrado y no quiso rebajarme nada. Incluso me enfadé.

Menos mal que no me lo tuvo en cuanto mi santo abogado, y a los dos días después de Navidad vino el Sr. Jiménez – llamado el “Zorro” por su pelo rubio- y me ofreció su huerta a 50 soles el metro cuadrado.

-    ¿Para qué quiero una huerta?, Le dije haciéndome el desganado.
-    ¡Es linda! – me dijo- y esta aquisito no más, a dos cuadras. Vamos a verla. Quiero venderla porque necesito plata.
-    ¿Es muy grande?, pregunté.
-     Tiene más de dos hectáreas y esta llena de frutales.
-    ¡Vamos a verla!

Me dejé convencer y fuimos.
Realmente estaba cerca: a doscientos metros del Obispado y de la Catedral. Había pasado muchas veces por al lado pero nunca imaginé que detrás de aquella – tapia- de piedras con barro y espinos hubiera aquella preciosidad de huerta.

Entramos y paseando me iba mostrando los frutales: naranjos, paltas, chirimoyas, higueras, nísperos, caña de azúcar, mangos, papaya, pacaes, enredaderas de granadilla, unos arbustos de café, granados, etc.

    Cuando llegamos al final me dijo:
-    ¿Verdad que es linda? ¿Me la compra?
-    Bueno, quizá sí. A 50 soles el metro, me dijo usted...
-    No, Monseñor; aquello fue una broma. A 100 soles el metro cuadrado. El Zorro había visto mis ojos que se me habían puesto como naranjas de ilusión, y ya no quiso rebajarme nada.

¡Ni que hacer! El lugar era adecuado, en el centro de la ciudad, grande, con luz eléctrica, agua potable y de riego, cantidad de frutales – aunque muchos desaparecerían con las obras y los campos deportivos-. Fui viendo un seminario precioso, y de repente me entró urgencia de adquirirlo y, hacer la minuta.

Sólo había una pequeña dificultad: aquello costaba muchos miles, y solamente tenía cuatro miles soles. Y el Sr. Jiménez se ausentaba a Lima el verano, de enero a marzo.

Pueden suponer que rápidamente acudía a mi abogado del Cielo, que había solucionado en la tierra problemas parecidos. Me dio la solución enseguida. Llamar por teléfono a Gerona, a mi hermano Luis – que, con Mons. Joan Guitart, hermano de mi Canciller- Secretario, llevaba la libreta de ahorros de los “Amigos de Abancay” –y que me enviara en dólares el equivalente de 80.000 soles, que era lo que tenía que entregar para asegurar la compra de la huerta haciendo la minuta.

Mi hermano me dijo que no había tanto en la libreta, pero que siendo para el seminario, me hacía la transferencia en seguida, a mi cuenta de Lima.
   
Conversé con el Zorro Jiménez y aceptó ir a la notaría con un cheque por 80.000 soles, aunque estaría sin fondos hasta el 2 de enero, en que llegaría el dinero de Gerona y podría cobrarlo. Por cierto que, por los balances de fin de año, el poder cobrar el cheque se retrasó hasta el diez de enero.

Durante el verano encargué los planos con un diseño esquemático de lo que queríamos, Serían edificios separados en medio de jardines y frutales.

Importante reunión del 7 de abril de 1976.

Después de Pascua de Resurrección llegaron los sacerdotes y religiosas para el retiro y la reunión de pastoral. Fue un día de júbilo y acción de gracias. Les mostré el título de propiedad del terreno. ¡Era Nuestro! Los “Amigos de Abancay”, de Gerona, y otros, habían ido enviando cheques y transferencias, y estaba todo pagado. Les mostré la colección de planos terminados y les invité a ir a conocer la huerta. ¡Qué alegría la de todos! Y mientras recorríamos el terreno, probando la fruta de aquí y de allá, y de más allá, llegamos al final y, con el plano general abierto, les iba mostrando donde iría cada cosa, El Seminario Menor aquí, el Mayor allá, separados; los comedores arriba, y detrás, cerca de la calle la cocina, y así, por la dirección del aire, no tendríamos ni humo ni olores de comida antes de hora; las capillas en medio de dos patios, y el deporte en la parte baja pata que no perturben el silencio de las aulas y capillas.

Al terminar la descripción, como si ya estuviera hecho, hubo aplauso general. Era una familia unida e ilusionada en el proyecto del seminario.


-    ¡Ahora, a comenzar las obras!, dijo uno y fue el anhelo y decisión de todos.
-    ¡No!- dije yo-. Primero tenemos que conseguir dinero. No puedo pedir más a Gerona. Han dado ya mucho. Han pagado todo el terreno. Pediremos a Adveniat y otras instituciones que ayudan a las diócesis pobres como ésta.
-    Mejor comenzamos en seguida; quedaron muchas vocaciones del cursillo de enero sin admitir.
-    Si, pero no tengo dinero. ¡Nada!
-    No importa; entre todos podremos darle para comenzar.
-    No saben lo que dicen. Para comenzar se necesita mucho: hay que poner una brigada de obreros, hay que comprar fierro, cemento, materiales... la obra es grande y todo cuesta mucho.
-    Monseñor, usted comience. Le daremos lo que tenemos y pediremos a nuestras diócesis, familiares y amigos (la mayoría eran extranjeros).

-    Sí, Monseñor, decían unas religiosas alemanas. Comience el seminario, lo necesitamos; rezaremos y pediremos ayuda a la Madre General.


Sacerdotes y religiosas pedían al unísono. Por fin cedí, y el lunes siguiente comenzamos las obras.

Durante siete meses  la familia diocesana aportó el dinero necesario, de sus ahorros y de lo que recibían de sus lugares de origen, para el seminario, hasta que llegó una ayuda de Adveniat, que al principio no quiso ayudar “porque –nos dijeron- se estaban cerrando y vendiendo para otros fines seminarios que ellos habían financiado”. Pero, por fin, se convencieron de que en Abancay la cosa era diferente.


Los Padres Franciscanos

Aún no estaban terminadas las obras del seminario menor y nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado. Eran tantas las vocaciones que tuvimos que dejar lo construido, sólo para la Sección de Filosofía; y mandar a otro lugar a los chicos del Seminario Menor.

Ante el apuro de poder aceptar o no nuevas vocaciones, fui a ver al Padre Amilcar Ramos, Provincial de los Franciscanos Peruanos, que tenían en Abancay un terreno de algo más de 8.000 m2 con la primera planta de un convento construido, y sin seguir la obra por dificultades de personal. Ya no quedaba ningún franciscano en la ciudad.

Le pedí al Provincial -que estaba en el célebre Convento de San Francisco, de Lima- que me dejara construir tres salas dormitorios sobre la primera planta construida, para sí poder aceptar las nuevas vocaciones sacerdotales; y a la vez les cuidaríamos la propiedad. Muy comprensivo, el P. Amilcar me dijo que si, pero que lo que construyera, a los cinco años quedaba de la orden.

Acepté, construí y puse camas para treinta. Se llenó. Con lo cual, para el año siguiente, tuve que pedir permiso para construir más, y también aceptó. Para el tercer año, más vocaciones en perspectiva. Otra vez faltaría espacio. Me fui a visitar al Padre Amilcar con tres propuestas:

Primero, que me alquilaran aquélla propiedad  -terreno y lo construido- a un precio que alcanzara a pagar, y por largo tiempo, ya que era para el seminario.
    Segundo, que me lo vendieran, a pagar poco a poco, cuando pudiera.
- ¿Y la tercera?, preguntó sonriendo el Padre Provincial.
- Pues, que si ustedes no necesitan aquel terreno ni les urge la plata, que me lo regalen, y me harán un gran favor.
- Póngame las tres propuestas por escrito, ¿quiere?
- ¡Cómo no! Se lo traigo hoy mismo.

Pasaron pocas semanas y el mismo Padre Provincial me comunicó que, habiendo hecho la consulta a todos los conventos de la Provincia Franciscana, la respuesta había sido unánime: “nosotros no lo necesitamos y el Obispo de Abancay lo necesita para atender vocaciones sacerdotales; pues que se le dé”.

El siguiente Provincial, Padre Lobatón, unos meses después, me hizo entrega de dicha propiedad con escritura pública.

En agradecimiento y recuerdo de los Padres Franciscanos, se llama Seminario Menor “San Francisco”, y su fiesta es el 04 de octubre. Es un seminario para la buena formación de las incipientes vocaciones al sacerdocio, y está siempre lleno de casi un centenar de jovencitos encantadores caminando hacia el gran ideal.

Todo, este relato, con tanto detalle de le bella historia del Seminario de Abancay, es para compartir que desde el comienzo hemos tenido problemas por el crecimiento de vocaciones, y también de ampliaciones, tanto en el Seminario Menor como en el Mayor.

Al comenzar la prehistórica “Academia-Seminario” con dos alumnos y un rector, nunca imaginé que llegarían tan lejos nuestras pedradas a la luna.

A la vuelta de 30 años tenemos un Seminario menor con cien alumnos, el Seminario mayor con algo más de 50. Han egresado 130 sacerdotes, algunos han hecho estudios de licenciatura o doctorado en la Universidad de Navarra y otros en la Universidad Pontifica de la Santa Cruz en Roma y ahora son ya profesores en el seminario de Abancay. Siempre poco a poco y con esfuerzo, sabemos que tenemos en el cielo un buen abogado que intercede por nosotros. Nos hemos dejado llevar por la fe, no hemos escatimado sacrificios, hemos puesto alegrías y optimismo en el empeño. Ha valido la pena.
 
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