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| NAVIDAD, MISTERIO QUE SE DESCUBRE Y ACOGE EN EL SILENCIO MEDITATIVO Y EN LA LIMPIEZA DE ALMA. |
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Mons. Gilberto Gómez González, Obispo de Abancay. Con motivo de las fiestas de la Natividad y del inicio del año 2010 Mons. Gilberto Gómez González, Obispo de Abancay, llama a todos los fieles de la diócesis a vivir el auténtico sentido de la Navidad, disponiéndonos a convertir nuestra alma, si queremos, en el mismo portal de Belén. Para ello es necesario acallar las tantas voces de nuestra ruidosa y agitada vida moderna y buscar el silencio meditativo acompañado del sacramento de la confesión. En estos días de Navidad y comienzos del año nuevo 2010 vemos al Salvador bajado desde las alturas de su gloria eterna al pobre portal de Belén. Mesías a quién todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre y Juan lo proclamó ya próximo entre los hombres. Lo contemplamos Encarnado llevando así a la plenitud el tiempo de la salvación. Cuando estos días escribimos las tarjetas de navidad y decimos “que tengas feliz Navidad y Próspero año nuevo” No queremos decir solo: “que comas bien y bebas bien, que tengas plata, que tengas salud, que todos tus proyectos se realicen y no te pase nada malo”. Queremos decir mucho más: que encuentres a Dios, que El te bendiga, que te conceda la paz con El y con todos tus familiares, colegas, vecinos. ¡Que le seas fiel para ser feliz! En este tiempo santo de Navidad, el Niño Jesús no solamente viene a Belén, sino también viene a cada uno de nosotros, a la Iglesia, a nuestra familia. Nuestra propia alma se convierte, si queremos, en el mismo portal de Belén. Aquí viene muy bien recordar las palabras del Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno me abre, entraré y cenaré con él. ¡Como tenemos que darnos prisa de limpiar el lugar – tal vez con una confesión bien hecha! ¡Cómo tenemos necesidad de volver a tener la ilusión de niños, de volver a ser niños. Necesitamos hacer el silencio interior. En un cuento de José Martínez Ruiz “Azorin”. Se había abierto un certamen literario. Se trataba de premiar el mejor cuento de Navidad. Se presentaron dos literarios. Uno dispuso las cosas con celeridad: contacto con varias agencias de viajes, preparó el pasaporte, la visa, consiguió los pasajes para Tel Aviv rumbo a Nazaret, preparó las maletas, encargo el hotel, la cámara de fotos… etc. El otro se encerró en el balcón de su casa con el Evangelio en la mano y oró, pensó y dejo vagar la imaginación. Cada uno escribió su cuento. ¿Quién gano? Gano el segundo. Se había dado tiempo para la contemplación. Se puede decir que, como Maria, guardaba todas estas cosas en el corazón”. Supo entrar dentro de si mismo y guardar silencio. Que no se nos escape la Navidad y el agradecimiento por Año Nuevo mientras nos preocupamos de “qué comeremos, qué beberemos, cómo nos vestiremos, cómo nos divertiremos” Preocupémonos de recibir al Niño en la gracia de Dios, como cuando vamos a recibir el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Cuando alguien no tiene a Dios dentro, no quiere mirar su interior, porque es como un abismo, un gran pozo oscuro. Entonces procura distraerse: necesita ruido, bulla, no pensar…, necesita huir, no quedarse solo, no soporta el silencio, porque no se soporta a sí mismo. Su situación es muy triste. Por eso, animémonos a limpiarnos por dentro para que nuestra Navidad sea verdaderamente religiosa, suponga un verdadero encuentro con Dios, y, por tanto, un encuentro fraterno, familiar, entre nosotros. Contemplemos y escuchemos a María y José en el camino de Belén. Si los acompañamos, no seremos de aquellos que les cerraron la puerta. Entonces, este año el Señor no nacerá en un establo de animales. Nacerá en mi casa, en mi corazón. Que Jesús, José y Maria bendigan a todos ustedes. |
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