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Homilía en la Misa de sufragio por el alma de Don Enrique Pelach PDF Imprimir E-mail

Mons. Isidro Sala Ribera
07 de Agosto del 2009

Hoy celebramos esta Santa Misa que ofrecemos por el alma de Mons. Enrique Pélach a los dos años de su fallecimiento. Queremos tenerle muy presente en la víspera de Toma de Posesión de Mons. Gilberto, 4º obispo de Abancay.
Las lecturas sagradas que hemos escogido nos recuerdan la figura del pastor tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. La lectura del libro de Jeremías hace referencia a los pastores que pierden y dispersan las ovejas del Señor. Son pastores que no apacientan a Israel, pueblo de Dios. El Señor dice claramente que se ocupará de castigar la maldad de sus obras. Y a continuación promete que dará a las ovejas pastores que las apacienten, para que no teman, ni se espanten, ni falte alguna.

Jesús se llama a sí mismo el buen Pastor, el Pastor que apacienta las ovejas y las lleva a buenos pastos. Los profetas del Antiguo Testamento dieron el título de “pastor de Israel” al futuro descendiente de David, al Mesías que tenía que venir. En el pasaje evangélico que hemos escuchado, vemos a Cristo compadecido por una gran multitud, porque estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas. Ejerce de pastor dando el alimento de su palabra, que es palabra de vida eterna. Comenta Benedicto XVI:” Jesús es el verdadero pastor de Israel, porque es el hijo del hombre, que quiso compartir la condición de los seres humanos para darles la vida nueva y conducirlos a la salvación”.

El Espíritu Santo ha puesto pastores para regir el Pueblo de Dios. En primer lugar está el Papa, sucesor de Pedro, a quien confió Cristo apacentar sus ovejas y corderos. El Romano Pontífice es pastor de todos los fieles, por lo que debe procurar el bien común de la Iglesia universal y de todas las Iglesias particulares. En cada diócesis, el Obispo es el pastor de la grey que se le ha confiado. Y los sacerdotes también participan del oficio de pastor, unidos a su Obispo. Como partícipes de la misma misión de Cristo están llamados a sembrar la semilla de la Palabra de Dios, a distribuir la misericordia divina y a alimentar a los fieles en la mesa del Cuerpo y la Sangre del Señor. Y también a seguir el ejemplo del buen Pastor que da su vida por las ovejas y las conoce. Con palabras del Santo Padre: las conoce “con un conocimiento del corazón, propio del quien sabe que a su vez, puede fiarse; un conocimiento de amor, en virtud del cual el Pastor invita a los suyos a seguirlo, y que se manifiesta plenamente en el don que les hace de la vida eterna”.

“Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles”. Estos sentimientos de Jesús deben ser y son los sentimientos del Papa, de los obispos, de los sacerdotes. Sentimientos de compasión, así como la actitud de enseñarles, es decir, de predicarles la Palabra de Dios y conducirlos a la vida cristiana con la administración de los sacramentos.

A los apóstoles Jesús les había enviado a predicar y al retorno los acoge y los lleva a un lugar tranquilo a descansar un poco. Les invita al reposo, al silencio y a la oración para recuperar fuerzas espirituales y físicas. Jesús es el buen Pastor que cuida de la multitud y de sus apóstoles, de todos y de cada uno.

Como les anunciaba al principio, esta Misa la ofrecemos por el alma de Mons. Enrique Pélach Feliú, durante 24 años Obispo de Abancay, seguidos de 14 años más como Obispo Emérito. Fueron años de mucha actividad y sobre todo de oración. Antes de ser llamado al episcopado demostró ser un gran pastor de almas, primero en Girona y en Yauyos-Cañete después. O sea, toda una vida entregada a la misión de pastoreo en la Iglesia.

Mons. Enrique desde su infancia, a los diez años de edad, sentía la vocación misionera, que luego concretó con el desarrollo de una tesis doctoral pensada para ir a misiones en equipo, en el que los misioneros se ayudarían espiritual y humanamente. Como pastor de la Diócesis de Abancay cuidó con preferencia de la predicación de la palabra de Dios, la catequesis, el culto y la administración de los sacramentos. Cuidó también con esmero de sus sacerdotes, primeros colaboradores del Obispo. Como buen padre los atendió estando muy cerca de ellos, reuniéndolos para los retiros espirituales y escuchando su parecer sobre los planes de pastoral diocesana. Con el deseo y buen criterio de tener sacerdotes, no ya extranjeros sino procedentes de la misma diócesis, se interesó por las vocaciones, el seminario, los formadores, y los profesores, hasta conseguir la realidad actual de sacerdotes jóvenes apurimeños.

A Mons. Enrique se le conoce como arquitecto por las construcciones que promovió, tan necesarias para la pastoral diocesana. Hizo muchas y muy buenas construcciones, sin embargo su labor más importante no fue ésta, sino la conducción espiritual de la diócesis; más que ladrillos y cemento, le interesaron las almas.

En un recuento de su paso por Abancay, donde se ha quedado para siempre, no podemos olvidar su pastoral social, las obras de caridad cristiana, obras sociales a favor de la niñez huérfana, de los ancianos sin hogar, de los enfermos y de los jóvenes que necesitan hogares para tener opción a estudiar y a formarse.

En este “Año Sacerdotal” el Santo Padre nos presenta como modelo para los sacerdotes al Santo Cura de Ars, San Juan María Vianney, entre otros sacerdotes santos y modelos a imitar. Nosotros tenemos, además, una referencia muy cercana en el tiempo y en el espacio, tenemos a Mons. Enrique, sacerdote y obispo, bien conocido por todos en su trayectoria de servicio a la Iglesia, verdadero pastor con los sentimientos del Corazón de Cristo. Recordando su larga vida, nos encontramos con un ejemplo de cómo vivir la santidad personal en las tareas ordinarias de cada día en el ambiente donde nos encontramos. Dios le concedió muchas gracias y ayudas, hasta hacer de él un heraldo del evangelio y un modelo para obispos y sacerdotes, pero también para los fieles y aún para los hombres y mujeres de buena voluntad.

Es importante conocer su vida y darla a conocer: sus virtudes, su amor a Dios, su gran dedicación a los sacerdotes, su caridad y desvelos por los más pobres. Tenemos un intercesor delante de Dios a quien podemos acudir pidiendo favores espirituales e incluso materiales, siempre como devoción privada como manda la Iglesia. Al final de la Santa Misa, rezaremos un responso por el eterno descanso de su alma ante su tumba y le encomendaremos a nuestra Señora la Virgen de Cocharcas, a quien rezó y cantó tantas veces.

 
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