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| Crónica de una ceremonia apoteósica |
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Han pasado poco más de 30 días desde que, una mañana en la que desayunábamos luego de la Misa, el padre Eliseo Carrasco agitado y gozoso, sumándose a la mesa comentó alborozado la buena nueva ¡Ya tenemos nuevo obispo! Realmente, Dios nos había hecho un doble regalo. Teníamos nuevo Obispo, y nuestro querido Monseñor Isidro nos anunció que se quedaría con nosotros predicando y ayudando a las familias y, cuando los años pasen, dijo, para que practiquen la caridad conmigo. Pasaron los días, se fijó la fecha para la ceremonia de Toma de Posesión Canónica y nos pusimos a trabajar, hombro a hombro, sacerdotes, religiosas y laicos, para hacer una ceremonia digna, que mostrase al Señor cuánto lo queremos a través de sus representantes. Se empezó a afinar los detalles para la celebración, empezando por seleccionar voces y fijar fechas de ensayo para el coro “diocesano”. A iniciativa del P. Darío Dueñas se unificaron varios coros locales, el de Juclla, el Coro de Mayores, el de las Hijas de la Divina Providencia, el de Cáritas y el de los Seminaristas. Luego, en concurridas reuniones fuimos tomando acuerdos, separando actividades, nombrando comisiones y puntualizando opiniones con pasión y hasta algunas extravagancias que, debidamente analizadas y pulidas, contribuyeron al objetivo que buscábamos. Todos hacíamos las tareas con voluntad y alegría. En Cáritas, decidimos apoyar a los beneficiarios de distintas comunidades que nos hicieron saber su deseo de participar de esta fiesta y presentar sus saludos a Mons. Gilberto, como Presidente del Directorio de nuestra Institución. La última semana estuvo llena de ajetreos y coordinaciones con las autoridades locales. El coro ensayó a diario y se completó con la llegada de los seminaristas, que con sus cultivadas voces, dieron el acento final al conjunto. El viernes siete, día previo a la ceremonia, empezaron a llegar las delegaciones de todas partes; Obispos y sacerdotes de todo el Perú, representantes de los laicos y religiosos de las distintas parroquias de la Diócesis y de las comunidades beneficiarias de Cáritas, algunos de ellos, desde los confines más remotos de nuestra Diócesis. Esa noche nos quedamos hasta la madrugada instalando los equipos de video, audio e iluminación en la Catedral. Julio Casas, Marcos Hermoza y Saul Baldotano, con mucha voluntad y demostrando gran conocimiento de sus especialidades, dejaron todo finiquitado para el día siguiente. El sábado ocho la actividad comenzó muy temprano. Había ruido de ollas y sartenes por doquier. Se compartía el desayuno con los visitantes y se preparaban los almuerzos. Las religiosas Hijas de la Divina Providencia, encargadas de atender el almuerzo oficial que se ofrecería a los invitados en el Centro de Catequesis, trabajaban como hormiguitas blancas. Hacía las 9 de la mañana llegó la banda de la Policía Nacional. Se repartieron las banderitas de saludo a todos y, poco después, se comenzó con el colorido pasacalle, que impresionó gratamente a nuestros homenajeados y a los visitantes. Monseñor Gilberto, desde el frontis del Palacio Episcopal, repartiendo bendiciones con una gran sonrisa, acompañado de obispos, sacerdotes, junto a sus familiares y amigos venidos desde España, disfrutó de los detalles de este desfile en su honor. Mientras tanto en la Catedral, el coro afinaba gargantas y calentaba cuerdas vocales. Las luces se encendieron dando al recinto una claridad meridiana: Los fieles iban llegando y asegurando su sitio para participar de esta magna ceremonia: Las distintas comisiones hacían sus labores y el nerviosismo, en algunos momentos, hacía presa de algunas hermanas muy comprometidas con su misión. A las once, una procesión de sacerdotes y obispos salió ordenadamente desde la casa solariega de nuestro pastor, hacía la catedral, repleta a rebozar. A su paso, los fieles apostados en todo el trayecto saludaban con aplausos y hurras, agitando banderitas y rociándolos con pétalos de flores. Ordenadamente ingresaron a la catedral, donde tomaron sus ubicaciones. El coro los recibió entonando “Pueblo de Reyes”, haciendo cimbrar la catedral y los corazones emocionados de los asistentes. Se comenzó la ceremonia, leyendo la Bula Papal en que se encargaba a Monseñor Gilberto Gómez Gonzales la Diócesis de Abancay. Monseñor Isidro, como Administrador Apostólico de la Diócesis, presento a su sucesor, dándole sus mejores augurios. Acto seguido, el Arzobispo del Cusco, Mons. Juan Antonio Ugarte, en una breve alocución contó como él, acompañado del padre Miguel Ángel, había ido a España y consiguió que Monseñor Gilberto, por entonces joven sacerdote de la diócesis de Tui-Vigo, a través de la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispanoamericana, se viniera a trabajar en nuestra diócesis. Luego, Mons. Gilberto recibió el báculo y tomó asiento en la Cátedra, ya como Obispo de Abancay. El abrazo prolongado entre los dos obispos -Isidro y Gilberto-, fue muy elocuente. Hubo emocionadas lagrimas, mientras la concurrencia lo aplaudía y saludaba agitando banderitas.
A continuación, erguido frente al altar, recibió en manifestación de obediencia y reverencia, el saludo y reconocimiento de todos los sacerdotes y representantes de las religiosas, laicos y autoridades locales. Luego de la liturgia de la palabra, en su homilía, Monseñor Gilberto esbozó los planes para su gestión, agradeciendo y comprometiendo más el apoyo de todas las organizaciones, movimientos e instituciones de la diócesis, señalando que daría énfasis en la santidad personal del propio Obispo, de los sacerdotes y de todos los bautizados, además de poner hincapié especial en la labor social y caritativa de la Iglesia. Así fue transcurriendo la Santa Misa, el coro iba entonando diversas canciones a cuatro voces que resonaban en la bóveda con gran armonía. Muchas personas que llegaron tarde se quedaron a escuchar la Misa de pie en los pasillos; aguantaron –estoicamente- así durante más de dos horas. La Eucaristía fue recibida por muchísimas personas; sin embargo, muchos nos quedamos sin poder recibirla por lo dificultoso que resultaba moverse en la atestada Catedral, recibiendo al Señor tan solo espiritualmente. Entre las canciones que se interpretaron, alguna llegaba a tocar las fibras más íntimas del corazón. Por ejemplo, el “Pescador de hombres”, cantada a cuatro voces, mostró la gran maestría de nuestro Director. Terminada la ceremonia, Monseñor Gilberto recibió el emocionado saludo de su grey mientras salía. El sol caía a plomo, cuando salió a la Plaza de Armas donde se vivía un gran ambiente festivo. Terminada la transmisión en vivo y en directo, se empezó a desarmar todo el tinglado técnico, mientras la concurrencia lentamente evacuaba la catedral. Seguidamente se disfrutó de un programa en el que instituciones y autoridades locales entregaron bien merecidos reconocimientos a nuestros obispos. También algunos laicos les saludaron y les expresaron, en nombre de todos, nuestra admiración y agradecimiento a Monseñor Isidro, “nuestro viejito”, como –enternecido– confesó José Guevara, le llamaban. Terminó el evento con una colorida danza preparada por unos jóvenes talaverinos.Había acabado la fiesta, pero comenzaba una nueva era. Monseñor Gilberto –no nos cabe duda– estará a la altura de los gigantes que le precedieron. Los laicos –como lo expresó Mariluz Elguera– estamos comprometidos y prestos a ayudarle en la misión que nos encomendó Jesucristo para trabajar en la construcción del Reino del Señor. ¡Monseñor Gilberto, siguiendo el lema de tu escudo episcopal, nos acercamos a ti con la confianza con la que nos acercamos al mismo Jesús.
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Toma de Posesión del nuevo Obispo de Abancay



