Testimonio de Don Enrique

Vi por primera vez a Monseñor Enrique el año 1971 o 1972. Visitó el Seminario Mayor de San José, en Vigo, donde yo estudiaba la Teología. Recuerdo que nos dio una meditación y no olvidé alguna de las anécdotas de sus andanzas misioneras. Por la tarde nos encontramos los seminaristas con él en una pequeña reunión en que nos habló de las misiones y también de la difícil situación de la Iglesia. Eran los años de la crisis postconciliar.Hizo alusión a las fuerzas del mal, a la “serpensantiqua” –en alusión al diablo- que busca dañarla.

Lo volví a ver un par de veces más por los años 80. En la primera ocasión me preguntó si estaba dispuesto a ir a misiones y trabajar en Abancay. Años después, en una convivencia de sacerdotes en Gerona, vino a visitarnos y me preguntó dónde trabajaba. Al responderle que en el seminario, me dijo: “Entonces déjate estar. Hace mucha falta trabajar bien en el seminario”.

Pero en 1986 fui invitado de nuevo  a trasladarme a Abancay, con licencia de mi obispo de Tuy-Vigo, Mons. José Cerviño. Acepté. Me recibió con alegría Monseñor Enrique, me puso al tanto de los empeños en la formación de los futuros sacerdotes y me destinó, como rector, al Seminario Menor, mientras colaboraba en la dirección espiritual del seminario Mayor, junto con otros  sacerdotes.

Hasta ese año sólo se habían ordenado los dos primeros sacerdotes egresados del Seminario “Nuestra Señora de Cocharcas” de Abancay, fundado por Monseñor Enrique el año 1977.

Lo recuerdo aparecer con frecuencia por el seminario para preguntarme cómo me encontraba y cómo iban los seminaristas. Con frecuencia se reunía también con ellos. Y algunos sábados o en periodos de vacaciones los llevaba a preparar el terreno para las construcciones que proyectaba. Estaba convencido de que el trabajo manual era un elemento que enreciaba y favorecía la formación de los futuros sacerdotes, al paso que los ilusionaba y los involucraba en sus proyectos.

Los sacerdotes y los seminaristas eran la niña de sus ojos, aunque visitaba también con mucha frecuencia a las  comunidades de religiosas de la diócesis. Tenía para todos una sonrisa encantadora, atractiva. Era positivo y optimista. Los sacerdotes nos reuníamos muchas veces en el Obispado, nos invitaba a su mesa para unlonche, y todos los domingos almorzábamos con él los que trabajábamos en la ciudad, además de otras fiestas litúrgicas o de cumpleaños, etc.

Después del almuerzo teníamos una tertulia o reunión de familia y le pedíamos que nos contase alguna de sus muchas experiencias, que iban desde sus épocas de Girona –seminarista y soldado en la guerra civil española-, pasando por sus tiempos de estudiante en Roma, en que conoció a Monseñor Josemaría Escrivá, el Fundador del Opus Dei, los primeros años misioneros  de Yauyos-Cañete, hasta las últimas visitas pastorales por las cuatro provincias de la diócesis… Era un gran narrador, y nos tenía encandilados, pendientes de sus palabras, llenas de vibración apostólica y… hasta de poesía. No le recuerdo quejas ni lamentaciones. Nos contaba lo positivo, lo ilusionante.  En fechas especiales, cantaba con nosotros alguna canción popular, algún villancico…

Cada segundo jueves de mes se tenía el retiro mensual y, por la tarde, la reunión de pastoral. Todos los sacerdotes de la diócesis venían de víspera y se regresaban a sus pueblos el viernes de mañana. Se hacían las comidas en el orfelinato de las HH. de la Divina Providencia. Nos cantaba cómo había luchado desde su llegada a la diócesis por lograr esta reunión a pesar de las grandes distancias. Tenía claro que los sacerdotes no debían estar solos. Por eso, formaba equipos parroquiales de dos o tres sacerdotes. Todos venían con gusto a la reunión mensual. El retiro y reunión de diciembre se celebraba con una comida muy especial, como anticipo de la Navidad, y no faltaban los villancicos.

Cada año organizaba también la Formación Permanente del Clero: las dos semanas que seguían al 28 de julio –Fiestas Patrias en Perú. En la primera se tenían los ejercicios espirituales y en la segunda, la semana de formación permanente. No dejaba de traer profesores de primera línea, muchos de ellos de la Universidad de Navarra.

Había sido un gran misionero a pie y a caballo por los pueblos más alejados en Yauyos y ahora en Abancay.  Cuando yo vine a Abancay bordeaba él los 70 años y su salud no era buena: tenía frecuentes achaques. A partir del 14 de diciembre de 1986 contaba ya con obispo auxiliar, Mons. Isidro Sala. Desde entonces  salía menos de la ciudad.

Pero siguió dedicándose a las construcciones de templos y capillas. Se puede decir que su segunda vocación era de arquitecto. Tenía su propio grupo de obreros, muy eficientes, y se le veía con ellos al pie de las obras. Lo hizo siempre, incluso después de que el Santo Padre aceptase su renuncia, por edad, al gobierno pastoral de la diócesis. Seguía diseñando los planos, haciendo proyectos, solicitando ayudas, comprando los materiales, siguiendo los pasos de la construcción…

Sabía aprovechar el tiempo. A primera hora del día, hacía la meditación, celebraba la santa Misa  en el oratorio del obispado–cuando no había otro compromiso pastoral-, rezaba el breviario. Y, después del desayuno, si  no iba a las obras, leía y escribía, contestaba cartas, recibía alguna visita, hacía planos.

Destaco las virtudes que más sobresalían en él:

FE

Su lema episcopal, sacado de una inscripción  de un edificio romano, rezaba: “Ardeonam credo”. Efectivamente,  era un creyente firme. Se notaba en el primor con que celebraba la Eucaristía y los demás actos litúrgicos: con pausa y piedad, sumamente cuidadoso de observar las rúbricas. Predicaba con unción, siempre de forma sencilla y adaptada al público.

Tenía verdadera pasión por dar la buena doctrina: había publicado el Catecismo de la Doctrina Cristiana, por encargo de la Conferencia Episcopal y junto con Monseñor Kunner, obispo de Huánuco. Se imprimieron y distribuyeron  cientos de miles de ejemplares y se tradujo al portugués. Publicó, asimismo, una pequeña  “Guía cristiana”, que se vendió por decenas de  miles en varios países (Perú, España, Cuba…).

Tan pronto salió el Catecismo de la Iglesia Católica, en 1992, organizó a los profesores del seminario de Abancay para hacer un Catecismo Menor, basado en él,  que también se distribuyó ampliamente en el Perú y se hicieron ediciones en portugués –en Portugal y Brasil- y en japonés. Él mismo hizo una versión más simplificada del Catecismo Menor de Abancay que tuvo gran acogida.

La fe y la confianza en la Divina Providencia  le hacía ser magnánimo en sus empresas, a pesar de la falta de medios: construcción de templos, seminarios, obras sociales a favor de los ancianos, los niños y los enfermos.

Sin duda era fruto de su fe y visión sobrenatural la serenidad que demostraba siempre ante cualquier problema, ante las estrecheces económicas o ante los acontecimientos políticos o sociales nada favorables para el país o para la Iglesia.

ESPERANZA

Hablaba con serenidad y alegría de la vida eterna. No temía la muerte. Desde que era estudiante de Teología “voto de ánimas”, que le llevaba a ofrecer los méritos de sus obras a favor de las benditas ánimas del Purgatorio, inclusotodas las indulgencias que pudiera lucrar. Esperaba que la ánimas le ayudarían a él a recibir la indulgencia plenaria a la hora de la muerte.

Tenía profunda vivencia de la filiación divina le hacía tener gran confianza en Dios y estar siempre alegre y con una gran paz ante los dificultades y ante los graves problemas de salud que experimentó. Esa serenidad  conseguía transmitirla  tanto a los sacerdotes que colaboraban con él, como a los demás fieles.

Es misma esperanza le hacía soñar con los frutos pastorales que vendrían si se hacían las cosas bien, así como las vocaciones sacerdotales y religiosas que promovió con tanto entusiasmo.

CARIDAD

Amaba a Dios con todo el corazón. Era un amor que le hacía vivir vida contemplativa en medio de su gran actividad pastoral.

Cumplía con fidelidad un ordenado plan de vida espiritual: Santa Misa, con acción de gracias; dos medias horas de oración mental, lectura espiritual, exámenes de conciencia. Rezaba siempre el rosario en familia con los sacerdotes que vivían con él. Por su cuenta rezaba o meditaba otros misterios del rosario. Los últimos años de su vida, rezaba hasta cinco rosarios diarios, por la expansión del Evangelio en cada continente. También se esmeraba por vivir la presencia de Dios durante el día.

Tenía un corazón tierno y afectuoso para todos, especialmente para la gente más pobre y humilde. Ello le llevó a promover obras asistenciales como el Centro Médico Santa Teresa, que comenzó siendo para los leprosos que había en el departamento, por haberse cerrado un leprosorio estatal que hubo en la zona. Además de las enfermedades infecciosas, el centro médico atendió -y sigue atendiendo a precios simbólicos o gratuitamente -a los pobres,  con servicios de medicina general de algunas otras especialidades desde una mística cristiana.

Una atención especial dedicaba a los sacerdotes, a los que visitaba con frecuencia para ilusionarlos en su labor pastoral. Se preocupaba de sus necesidades espirituales y materiales. Todos tenían llave de su casa. Si alguno llegaba sin comer  o fuera de las horas de las comidas,  él mismo se iba a la cocina a cocinar para el recién llegado.

En el obispado, hacían vida  de familia con él unos siete sacerdotes, que tenían allí su residencia. Siempre trataba de hacerles la vida agradable, de darles ejemplo de puntualidad y de servicio. Desde la cabecera de la mesa, estaba atento a las necesidades de cualquiera de los comensales: de acercarle la fuente para servirse, o el pan o el agua…

Ni en las reuniones de familia ni en conversaciones particulares se le oían juicios negativos o críticas de personas o instituciones, ni de la Iglesia ni de la sociedad civil, aunque a veces, parecía haber claros motivos para ello. Su conversación era positiva y no acostumbraba a comentar los sucesos negativos, tan frecuentes en la vida política o social del país.

Si alguna vez, era preciso hacer la corrección fraterna (o paternal en su caso), lo hacía a solas con delicadeza y claridad.

Movido de verdadero amor al prójimo, fundó –apenas sin recursos y con muchas trabas legales- un asilo para ancianos y hogares para niños y también para niñas, que por lo general, provenía de pueblos del campo, de familias muy humildes o con dificultades. Apoyó con todos los medios el orfanato que habían creado las Hermanas de la Divina Providencia. Se sabe que el mismo obispo recogió en ocasiones en su camioneta a los ancianos o pobres que dormían en la calle a fin de llevarlos al asilo.

PRUDENCIA

Pasaba por la oración sus decisiones, hacía las consultas necesarias y no se demoraba en tomar las decisiones necesarias para el gobierno de la diócesis. Nada le era más ajeno que el dormir los temas o echarlos en olvido. Armonizaba  la autoridad con la delicadeza. Como su cariño iba por delante, no era difícil el obedecerle, aunque muchas veces tenía que hacer encargos pastorales que llevaban consigo mucho sacrificio para los sacerdotes, dada la extensión de la diócesis y la pobreza de sus pueblos y comunidades.

Desde mis primeras conversaciones con él, me di cuenta de que conocía muy bien a las personas, especialmente a sus colaboradores. Sabía de sus virtudes y defectos, de sus gustos y limitaciones. De esta manera, procuraba ponerlos en el lugar en que pudiesen rendir más.

JUSTICIA

Su espíritu sacerdotal se conjugaba perfectamente con una clara mentalidad laical y con el deseo efectivo de dar a cada uno lo suyo. Así, dentro de la pobreza de la diócesis, que no genera ingreso económico alguno, se preocupó de buscar medios para poder dar a los sacerdotes una modesta remuneración, cuando en la mayor parte de las jurisdicciones los sacerdotes no percibían más que los estipendios de los fieles por su trabajo ministerial. Los empleados de la diócesis y de sus diversas instituciones percibían el sueldo convenido dentro de las posibilidades.

Ordinariamente tenía contratados un grupo de una veintena de obreros, a los que tenía asegurados legalmente y no dejaba de pagar sus sueldos puntualmente.

El mismo proceder le llevaba a cumplir los deberes ciudadanos, sin menospreciarlos, ni aprovecharse de su condición de eclesiástico.

FORTALEZA

No tenía miedo a la vida ni miedo a la muerte. Y sufría con ejemplar serenidad y sentido sobrenatural la enfermedad o la muerte de los suyos, igual que sus propias limitaciones físicas.

El hacerse cargo de una diócesis, como la de Abancay, a los diez años de ser creada, donde había casi todo por hacer y no pocas cosas que corregir;  en época de gobierno comunista en el Perú y  en los tiempos en que la Teología y la praxis de la Liberación quería abrirse paso, demandaba una especial firmeza en la exposición de la doctrina y en la toma de decisiones pastorales. En cuanto a la exposición de la doctrina de la Iglesia, fue extraordinariamente firme. En la Conferencia episcopal desempeñó por un tiempo la Presidencia de la Comisión de Catequesis en tiempos de mucha tensión. Se preocupó de difundir la sana doctrina, sin concesiones de ningún tipo, aun ante presiones que no dejaron de existir. La edición del Catecismo de la Doctrina Cristiana – juntamente con Monseñor Kunner, obispo de Huánuco- fue una muestra de esta predicación. Siempre tuvo muy clara la decisión de que lo que hay que hacer se hace y de que lo hay que decir se dice.

TEMPLANZA

Monseñor Enrique era un hombre recio, austero. Lo era por su educación y por las circunstancias duras que le tocó vivir: la guerra civil española, la muerte de seres queridos y el desprendimiento de la familia. A lo que hay que añadir, las exigencias de las misiones en una tierra difícil y sin comodidades.

Hasta el fin de su vida destacó por su espíritu de pobreza. Gastaba lo mínimo en su persona, en su habitación, en su vestido… Remodeló muchas viviendas parroquiales, pero no quiso modernizar su humildísima vivienda.  Nunca permitió que se mejorase su  cama, dura e incómoda ni su habitación excesivamente fría. Cuando salía de viaje nos admiraba el ver su pequeñísimo equipaje donde llevaba la ropa que él mismo se ocupaba de lavar tantas veces. Sus útiles de aseo eran lo más elemental, todo reducido a la mínima expresión.

El uso de la televisión se reducía a ver noticias en algunas ocasiones, en familia con los sacerdotes de su residencia, o un partido de fútbol o una buena película algún día de fiesta.

Solía traer algún detalle de comer o alguna golosina para todos en algunas celebraciones especiales o cuando nos reuníamos en su casa una noche a la semana.

ÚLTIMOS AÑOS

Los casi quince años que Monseñor Enrique pasó como obispo emérito ha seguido viviendo en el Obispado de Abancay. En cuanto pudo hacerlo, siguió colaborando en ministerio pastoral del obispo: celebrar la misa de la noche cada domingo en la catedral, administrar la confirmación cuando fue necesario, predicar meditaciones y retiros, hacer planos para la construcción de templos y supervisar la construcción. Sentía no poder administrar el sacramento de la penitencia, como hubiera deseado, debido a la sordera, que iba en aumento.

Su vida ordinaria era de lo más metódico: levantarse a las 6 de la mañana, meditación, celebración de la santa Misa –a diario en el oratorio del obispado-, rezo del breviario, desayuno, trabajo en su despacho y un amplio tiempo dedicado a leer y escribir.  Su lectura espiritual, desde hace años, exclusivamente, las biografías de San Josemaría y testimonios de los que habían convivido con el Fundador del Opus Dei.

Escribió muchas cosas. Lo más conocido son los recuerdos que publicó la editorial Rialp con el título de “Abancay”-posteriormente traducido al catalán-, y antes, en Perú, con el título “Misión en el Trapecio Andino.”   Redactó sus aventuras misioneras en Yauyos-Cañete  destacando  la preocupación por las vocaciones y  muchos recuerdos de su relación con San Josemaría Escrivá, el fundador del Opus Dei. Una y otra vez puso por escrito la historia del Seminario de Abancay, que fundó por consejo de este santo. Últimamente estaba escribiendo una breve historia de la diócesis durante el tiempo que fue obispo residencial. Hay que decir que aprendió a manejar el ordenador en  los tres últimos años de su vida. Escribía lentamente con unas letras muy grandes. En los últimos meses volvió sobre el mismo tema  que ya había  publicado–los encuentros con San Josemaría- y es curioso notar que lo hacía igual, casi palabra por palabra, como si lo hubiese copiado. En realidad, igual que lo había contado mil veces en las tertulias y reuniones de familia con sacerdotes.

 En ocasiones recibía visitas con esa amabilidad y encanto que le eran característicos.  A todos dejaba animados y removidos. Pasaban frecuentemente  los grupos  de voluntariado que vienen  a colaborar en las obras sociales de la diócesis. Se encontraba muy a gusto con seminaristas o con jóvenes religiosas a las que animaba en su vocación.

No dejaba de ver por televisión los partidos de fútbol importantes. (Su equipo favorito era el Barcelona.) A veces, algún video o programa de carácter religioso.

Era muy propenso a contraer neumonías, a causa de las secuelas que le había dejado una fuerte pleuritis que padeció a los 45 años, cuando trabajaba en las alturas de Yauyos. El 2002  sufrió una muy grave que tuvo que curar en Lima y que le hizo experimentar un bajón físico muy notable. Fue su última estadía en Lima. No obstante, no dejó de asistir a la convivencia anual con sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en Cañete. Viajaba  por carretera, durante doce horas, en el automóvil del P. Miguel Ángel. Iba feliz y cumplía todo el horario de la convivencia. En los últimos viajes –siempre a Cañete- asistió tanto a la toma de posesión del nuevo prelado, Monseñor Ricardo García, como a la consagración de Monseñor José María Ortega Trinidad.

Las intenciones por las que cada día oraba eran las del Prelado del Opus Dei: especialmente, la expansión de la Obra y las vocaciones de numerarios. Durante este año rezaba cinco rosarios cada día, uno por la expansión de la Obra en cada continente.

Esperaba la muerte con paz y ofrecía al Señor, de forma instintiva, todos los sufrimientos por el bien de la Iglesia. El último año un enfermero se quedaba en el despacho contiguo a su habitación para ayudarle, si lo necesitaba, durante la noche. Un día nos avisó que al a ese chico le faltaba recibir la confirmación, y que deseaba recibirla. También sugirió que le enseñásemos a acolitar a misa, para cuando no pudiesen hacerlo los que le ayudaban diariamente.

Su estado físico empeoraba paulatinamente. Por un lado, la sordera, que le hacía estar bastante aislado de la conversación. No soportaba ya los audífonos, y tan sólo se colocaba unos auriculares para asistir a las reuniones de formación espiritual, que nunca abandonó hasta que fue hospitalizado. Por otro lado, tenía una gran dificultad para caminar. Usaba un andador para moverse lo mínimo en su habitación y para ir al oratorio o al comedor. Pero todavía bajaba dos veces al día las escaleras hasta el comedor, bien agarrado a ambos pasamanos.

El 10 de Junio del año 2007 amaneció seriamente resfriado. No había dormido en la noche. Celebró la santa Misa con mucha dificultad. Permitió –por primera vez- que se le leyeran las lecturas y que se le hicieran las purificaciones y abluciones finales. Se tuvo que retirar sin terminar el tiempo que habitualmente pasaba en acción de gracias.

Ese día decidimos que fuera trasladado a la habitación que le teníamos preparada en la nueva residencia del obispado. Después de la procesión de Corpus Christi,  los seminaristas ayudaron a hacer el traslado. Se le llevó también su mesa de despacho, los libros y la ropa necesaria. Vino el médico y las enfermeras del Centro Médico “Santa Teresa”. Esa semana estuvo en cama con el tratamiento necesario.  No podía celebrar misa. Se le administrada la sagrada Comunión.

El domingo 17 quiso levantarse para celebrar. Lo hizo sentado, pero con mucha dificultad. Ese día y el siguiente lo pasó con mucha molestia en el abdomen.

El martes, 19  se le hicieron ecografías y placas y el gastroenterólogo diagnosticó una suboclusión intestinal. Era preciso practicar una intervención quirúrgica. Lo aceptó sin queja  y recibió antes la Unción de los Enfermos y el Viático. Fue llevado al quirófano del hospital de la Seguridad Social. Rezamos mientras esperábamos con inquietud. A la hora y media salieron los cirujanos satisfechos. No había sido preciso cortar el intestino. Lo llevaron a la Unidad de Vigilancia Intensiva. Le podíamos visitar con bastante frecuencia para rezar un poco con él y administrarle la Comunión con el Sanguis.

Tanto los médicos como las enfermeras y enfermeros estaban admirados de su paciencia, de su dejar hacer sin quejarse. Siempre respetaban y ponían a la vista las estampas de de la Virgen de Montserrat y de san Josemaría que habíamos colocado bajo su almohada.

Pero su estado se complicó al recaer en la neumonía. El día 26 de junio fue precisa una segunda operación quirúrgica para ponerle puntos de refuerzo, a fin de que pudiera toser y expectorar sin riesgo. Lo hicieron con anestesia total. Por por su naturaleza fuerte, y por el favor divino, salió felizmente del quirófano y pronto despertó de la anestesia.

El neumólogo aconsejó que se le trasladase  a un hospital con Unidad de Cuidados Intensivos para ponerle un respirador artificial. Desde la primera operación hasta su muerte uso siempre oxígeno y dextrosa. Apenas se alimentaba por la boca.  El cuadro clínico era de insuficiencia respiratoria. Decidimos llevarle en ambulancia a la ciudad de Cuzco. Sufrió mucho en el viaje sin quejarse. Seguir a Lima era muy complicado, aunque fuese en avión; por ello, lo ingresamos en una clínica privada de Cuzco y pasó cinco días en la UCI. Cada día se parecía más a Cristo crucificado. Parecía que ya no había donde ponerle una inyección más, pero siguió sin queja, ofreciendo sus miembros como si no fueran suyos. Pasó varios días todo entubado. Aun así, nos dejaban visitarlo dos o tres veces en el día. Podíamos rezar con él oraciones breves, debido a su estado. Uno de esos días me dijo que repetía mucho el trisagio angélico, porque le era fácil de recordar. Las preces nunca se dejaron y hacía mucho esfuerzo en vocalizarlas. Ofrecía constantemente sus limitaciones y dolores.

Efectivamente, el Prelado del Opus Dei le escribió sendas cartas: una fechada el 29 de Junio, día de san Pedro y san Pablo y otra el 17 de Julio, dos días antes de su muerte. Se las leímos al oído.  Le dieron  mucho consuelo.

Estaban a punto de llegar al Perú sus sobrinos. Un gran número de ellos: veinticuatro  Era un   viaje planeado seis meses antes. Aprovecharían para celebrar con él la fiesta de su onomástico–el 13 de julio- ya que no podían venir para celebrar sus 90 años el 3 de octubre. La mayor parte nunca habían visitado el Perú. Cuando llegaron ya estaba en una habitación, fuera de la UCI.  Me quedé con él todas las noches y buena parte del día. Una religiosa enfermera de Abancay  pasó también muchas horas del día atendiéndole. Las enfermeras de la clínica y los médicos le habían tomado un gran afecto, por ser tan buen paciente, y por ver su rostro sufriente, pero lleno de paz. Nos preguntaban datos de su vida, y se impresionaban todavía  más.

            Pasaba muy malas noches. No encontraba forma de ponerse. Tenía escaras y el cuerpo muy dolorido. Le oprimía la faja que le habían colocado para proteger la costura de la operación, y trataba inconscientemente de quitársela. Sólo pidiéndole que lo ofreciera, lo soportaba. Se le veía hacer la señal de la cruz. Rezaba rosarios mentalmente, según el mismo me manifestaba. La noche del jueves pidió al sacerdote acompañante que lo confesara. Se cumplía la semana de la última confesión. Fue su última confesión de boca.

Sus familiares, que ya estaban en Cuzco, pasaron a visitarlo repetidas veces. Los escuchaba y les sonreía con esfuerzo, pero no podía seguir una conversación. Su hermana religiosa, Hna. Remei –franciscana misionera de María- venía con mucha frecuencia.

Viendo que ya los cuidados se le podían dar en Abancay, y consultados los médicos,  le comunicamos que iríamos a casa. Se alegró mucho. Desde las tres de la madrugada preguntaba  a cada rato cuándo venían a buscarle.

Ya en Abancay, instalamos todo lo necesario en su propia habitación. Pusimos calefacción, pero, sobre todo, cariño sobrenatural y humano: el obispo y los sacerdotes,  médicos y enfermeras, las religiosas, todas las personas más queridas para él estaban alrededor cuidando aquel tesoro. Vinieron  también sus familiares a celebrar el día de su santo. Se animó y hasta probó algunos de los manjares que le llevaron... Tal vez para contentarlos, porque apenas comía... Los días siguientes se esforzó en comer más. Se le siguió dando la sagrada Comunión con el Sanguis.

FALLECIMIENTO Y ENTIERRO

 

El Señor se llevó a Monseñor Enrique cuando faltaban diez minutos para las tres de la tarde. Era viernes, 19 de Julio. La agonía se había prolongado por más de veinticuatro horas. No cabían más personas en la  pequeña habitación y en su despacho: el obispo, Mons. Isidro, y el obispo auxiliar, varios sacerdotes, su hermana Remei, Franciscana Misionera de María, y otras religiosas de distintas congregaciones; también médicos y enfermeras del Centro Médico “Santa Teresa”, que él había fundado. Otros aguardaban, en el jardín y en la calle, a poder entrar para besarlo en la frente y retirarse conmovidos. Rezamos muchos rosarios, cantamos muchas veces la Salve en latín o en castellano y la canción que él mismo había compuesto: “Salve, Virgen de la Piedad” o el himno a la Virgen de Cocharcas, patrona de la diócesis. Le decíamos al oído, en voz alta, jaculatorias que él acostumbraba a recitar en latín - CorMariaedulcissimum, iter para tutum; Domine, ut videam; CorIesusacratíssimum et nisericor; Iesu, Iesu, esto mihisemperIesus- y otras muchas.) Se leía a ratos la recomendación del alma, se le administró -por tercera vez en un mes- la Unción  de los enfermos; varias veces recibió la absolución y, otras tantas, la bendición papal para la indulgencia plenaria.  Realmente, no era difícil ver en su cara el rostro de Cristo en la cruz. Aparte del esfuerzo extenuante por respirar, sus gestos eran casi imperceptibles: unas lágrimas al oír determinadas jaculatorias, un  apretar los ojos o el rosario que tenía entre las manos...

Tan pronto expiró, rezamos el responso, y una vez lavado y revestido con los ornamentos episcopales, lo depositamos en el ataúd y, a hombros de seminaristas y con las oraciones rituales, fue trasladado a la Catedral, donde se instaló la capilla ardiente y se celebró la primera misa  de sufragio. Misas y rosario se sucedieron durante los dos días que velamos sus restos mortales. La catedral, siempre llena. Una fila interminable pasaba besando el cristal del ataúd abierto. Diversos grupos uniformados – de colegios o instituciones- se turnaban  haciendo guardia a los flancos del féretro.

Las muestras de condolencia –por fax, teléfono, e-mail- llegaban sin cesar, del país y de varias partes del mundo. Tenía tantos amigos, tanta gente agradecida...

El sábado 21, aniversario 39º de su toma de posesión como obispo de Abancay, tuvo lugar la solemne misa de exequias. Eran las tres de la tarde. Presidía el arzobispo metropolitano de Cuzco, Mons. Juan Antonio Ugarte,  y concelebraban  ocho obispos (el  de Abancay, Mons. Isidro Sala, el de Chiclayo, Mons. Jesús Moliné; el de Camaná, Mons. Mario Busquets; el de Huancavelica, Mons. Isidro Barrio; el obispo prelado de Yauyos Cañete, Mons. Ricardo García; el auxiliar de Ayacucho, Mons. Gabino Miranda  y el auxiliar de Abancay, Mons. Gilberto Gómez), el Vicario Regional del Opus Dei, Mons. José Luis López-Jurado, el Vicario General de Chuquibambilla, Mons. Ivo Ricota O.S.A, y unos sesenta sacerdotes (todos los de la diócesis y algunos más).

Llamaba la atención esa corona de jóvenes presbíteros, fruto de su oración y de su desvelo pastoral, formados en el seminario que él fundó en tiempos difíciles, estimulado por el consejo y la oración de san Josemaría Escrivá.

Cientos de personas seguían la ceremonia desde el exterior de la catedral, por falta de espacio.

Se celebró con piedad y rigor litúrgico (aunque sin poder disimular los sollozos); se cantó, con acompañamiento de órgano, la misa  gregoriana de requiem, y otras melodías en quechua y castellano. 

Monseñor Isidro leyó una vibrante homilía en que hizo una breve semblanza de la vida del obispo emérito y destacó la fe, el amor y el ardor pastoral de este instrumento bueno y fiel, y su relación con San Josemaría, Fundador del Opus Dei, a quien tuvo por amigo y Padre.

Acabada la Eucaristía,  Mons. José Luis López-Jurado, Vicario Regional del Opus Dei, se acercó al ambón y, después de recordar que la Obra es una pequeña familia muy unida, dio lectura a la emotiva carta de pésame del Prelado del Opus Dei, Mons. Javier Echevarría.  Eran las palabras de un Padre ante la partida del hijo primogénito. Efectivamente, don Enrique fue el primer sacerdote de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, en la que vivió y murió con extraordinaria fidelidad.

Cantado el responso Libera me, Domine, tuvo lugar – a petición del pueblo- la procesión con los restos mortales por las calles de la ciudad, por donde él, siguiendo las huellas del Buen Pastor, “pasó haciendo el bien”(Act.10,38).  Las banderas estaban a media asta y doblaban melancólicas las campanas. La muchedumbre alternaba el rezo del santo rosario con canciones y aplausos. Mucho arrojaban pétalos de rosas al paso del féretro, portado por sacerdotes que se alternaban con seminaristas y miembros de diversas instituciones.

Finalmente, ingresó en la catedral para ser sepultado en el ala sur del templo. Múltiples coronas y arreglos florales cubrían las paredes. Después de los cantos y preces finales, comenzó el desfile silencioso de los fieles ante el sepulcro; un reguero de plegarias que no ha hecho más que comenzar.

Mons. Gilberto Gómez González