Entrevista sobre el Indigenismo

«El indigenismo busca sustituir el cristianismo por los cultos paganos»

Lleva 23 años en Perú y asegura que ya ha superado la «morriña», aunque cuando se pone a describir lo que echa de menos de Galicia no puede ocultar ese sentimiento tan propio de los gallegos de la diáspora. Monseñor Gilberto Gómez González fue nombrado el pasado día 20 de este mes por Benedicto XVI obispo titular de la diócesis peruana de Abancay, de la que tomará posesión el próximo 8 de agosto. Situada en los Andes del Sur, la diócesis de Abancay es una de las más pobres del país. En una entrevista concedida al suplemento Estela, del Fario de Vigo, don Gilberto advierte de los peligros de la ideología indigenista que tanto Hugo Chávez como Evo Morales quieren promover en el Perú.

 

Publicado el 2009-06-29

(J. A. Otero/Estela/FarodeVigo) Gilberto Gómez nació en la parroquia de Albeos (Crecente– Pontevedra) el 12 de febrero de 1952. Realizó estudios secundarios, filosóficos y teológicos en el Seminario de Tui-Vigo y fue ordenado sacerdote el 14 de septiembre de 1975. Fue vicerrector del Seminario Menor de Tui entre 1975 y 1986. Al año siguiente fue destinado a la diócesis peruana de Abancay, de la que fue nombrado obispo auxiliar a finales de 2001. El 16 de marzo de 2002 tuvo lugar en la Catedral de la ciudad andina su consagración episcopal. El próximo 8 de agosto será el obispo titular de la diócesis peruana.

-¿Por qué decidió dejar Galicia y marcharse a Perú?

-Entre otras razones porque ya conocía la labor que por entonces estaban desarrollando allí otros sacerdotes de Vigo, como D. José Manuel Castro. Además, el obispo auxiliar de Abancay vino poco después a España para “reclutar” curas y me animó a viajar al país andino. La cuestión es que pedí el correspondiente permiso al entonces obispo de Tui-Vigo, Monseñor Cerviño, y así empezó mi aventura peruana.

-Y llega usted a Perú en 1986, en los años duros del terrorismo de Sendero Luminoso…

-Sí, fueron unos años muy duros, con el toque de queda y un ambiente de gran tensión en todo el país. En ese periodo de extremada violencia se habla de que hubo unos 50.000 muertos. Por lo demás, me fui adaptando bien a mi nuevo destino, a pesar de vivir en zonas situadas en torno a los 3.000 metros sobre el nivel del mar. Creo que el hecho de haber nacido en una aldea gallega me ayudó a adaptarme enseguida a la forma de vida de aquellas poblaciones andinas.

-Descríbanos cómo es la diócesis de Abancay.

-Está situada en uno de los departamentos más pobre de Perú. La principal ciudad –Abancay– se encuentra a 2.400 metros sobre el nivel del mar, pero el resto de las parroquias están en torno a los 3.000 metros. La diócesis es muy joven, pues fue creada hace 51 años; soy el cuarto obispo de su historia. En total tiene una población de 350.000 personas, repartidas en numerosas aldeas. La gente vive de la agricultura y la ganadería; en la sierra hay cultivos de maíz y patata, y en otras zonas también hay legumbres y frutas.

También se da una fuerte emigración hacia la costa y hacia la ciudad de Abancay, que en los últimos veinte años ha pasado de 20.000 a 70.000 habitantes. Se trata de una gran barriada de construcción nueva con las características de un pueblo joven de los arrabales.

-¿Cuáles son las principales necesidades materiales de la zona?

-Cuando llegué, en 1986, en toda la zona sólo había 4 kilómetros de carreteras asfaltadas. Ahora pasa por aquí la carretera panamericana que une Lima y Cuzco, pero todas las demás son caminos de tierra. Precisamente durante estos días ha habido una huelga de dos semanas de los campesinos para reclamar las carreteras que les habían prometido y que son fundamentales para el desarrollo de la zona. La Iglesia católica tiene un prestigio grande en Perú, es la institución que más prestigio tiene, porque además de atenderles espiritualmente realiza una labor social encomiable.

Por poner sólo unos ejemplos, en Abancay tenemos dos asilos, varios hogares para jóvenes, un centro médico diocesano, dispensarios médicos en zonas del rural, un centro oftalmológico –el único de toda la comarca–, así como comedores para chicos que malviven en la ciudad.

-¿Y las necesidades espirituales?

-Como en todo Perú, la gente tiene un sentido religioso muy grande, innato podríamos decir. Hay una religiosidad popular y una fe que, obviamente, hay que seguir formando. La participación en los sacramentos es muy alta, hasta el punto de que cuando visito las distintas poblaciones me paso horas confesando a la gente.

La víspera de la fiesta de la Virgen de Cocharcas, una de las advocaciones más antiguas de Sudamérica, ya sé que me toca pasar más de 10 horas en el confesonario, al igual que otra veintena de sacerdotes.

-¿Cómo se las arreglan para atender a una población tan dispersa?

-Para atender a los numerosos núcleos de población contamos con 18 equipos parroquiales formados por 2 o 3 sacerdotes que se desplazan a cada pueblo. Algunos llegan a atender hasta 60 comunidades. Los desplazamientos se suelen hacer en camionetas 4x4 adquiridas con la ayuda de una fundación alemana; también cuentan con motos para desplazarse durante el verano.

-¿Y el idioma?

-La mayoría de la población es bilingüe: habla castellano y quechua. Todos prácticamente entienden el castellano, pero en la zona rural hablamos normalmente en quechua; yo mismo lo empleo cuando confieso o en algunas predicaciones.

-En muchos países de Latinoamérica están proliferando las sectas. ¿Sucede también en Perú?

-Sí, también aquí ha penetrado ese fenómeno de las sectas. Desde el punto de vista religioso son el principal problema. La gente tiene hambre de Dios, y en muchas zonas, ante la falta de clero propio, la población se deja influir por nuevas sectas que se aprovechan de ese sentido religioso popular para hacer su negocio.

-¿Ha desaparecido por completo el terrorismo de Sendero Luminoso?

-No ha desaparecido del todo. El terrorismo se ha refugiado ahora en la selva y se ha aliado con el narcotráfico. Es cierto que el terrorismo no tiene una presencia tan activa como en los años 80, cuando se contabilizaban miles de muertos, pero todavía quedan cabecillas de Sendero Luminosos que no han sido capturados y de vez en cuando hay escaramuzas en las que mueren policías.

-¿Sufrió también la Iglesia los ataques terroristas?

-En la época más dura hubo atentados, secuestros y algún asesinato de sacerdotes. No ha sido frecuente, salvo en aquellos casos en que los terroristas veían cierta competencia en la labor social que desarrollaba la Iglesia. En nuestra diócesis hubo algún secuestro de sacerdotes, pero gracias a Dios no mataron a ninguno.

-¿Está sustituyendo el indigenismo a la teología de la liberación?

-Hay una cierta tendencia, que se fomenta desde Europa, de promover una vuelta a cultos de tipo pagano. En algunos casos se trata de ritos más bien culturales, y desde el punto de vista teológico no presentan problemas; pero en no pocas ocasiones se promueve un indigenismo que va más allá y que busca sustituir el cristianismo por los cultos paganos. En ese sentido sí que se puede decir que el movimiento indigenista ha sustituido a la teología de la liberación. Y desde el punto de vista político, personajes como Hugo Chávez o Evo Morales están ejerciendo presión sobre Perú para que secunde el indigenismo que promueven. El Papa Benedicto XVI acaba de decretar en la Iglesia un año dedicado al sacerdocio.

-¿Cuántos seminaristas tienen en su diócesis?

-Sin duda, la gran preocupación de la Iglesia es el sacerdocio, la santidad de los sacerdotes y las vocaciones. Desgraciadamente, muchas veces la imagen del sacerdocio que llega a la opinión pública viene deformada por casos lamentables de pederastia que no pueden empañar la entrega a los demás de la inmensa mayoría de los sacerdotes. La prioridad del obispo son los sacerdotes, su formación y su vida de oración, que debe manifestarse también exteriormente. En nuestra diócesis tenemos abundante clero nativo y 44 seminaristas en la actualidad. Todo empezó en 1970 gracias al empeño del entonces obispo, el catalán Enrique Pélach, que era muy amigo de San Josemaría Escrivá, quien le animaba a abrir un seminario en unos momentos en que en otros lugares se cerraban. En 1974, durante un viaje a Perú, el fundador del Opus Dei le dijo: “Si rezáis vais a tener sacerdotes para tu diócesis y para otras diócesis”. Y así fue: se construyó el seminario y empezaron a venir vocaciones.

En 1983 se ordenaron los dos primeros y desde entonces son más de 60 los sacerdotes que han salido para Abancay y más de 50 para otras diócesis. En esas labores formativas participamos varios sacerdotes de la diócesis de Tui-Vigo, como Miguel Ángel Domínguez, José Manuel Castro o yo mismo.

-¿Qué destacaría de la forma de vida de los indígenas peruanos?

-Sobre todo su alegría, su pasión por la vida. Perú es un país muy rico en humanidad, una verdadera cultura de la vida que en Europa, por ejemplo, se echa en falta. En general, en Occidente estamos inmersos en una cultura de la muerte, que se manifiesta en el aborto y también en ese afán por querer quitar de en medio a los ancianos, de arrinconarlos de la sociedad y promover la eutanasia. Estamos en una sociedad que nos lleva a un creciente egoísmo. Por el contrario, en los campesinos peruanos, a pesar de su pobreza, se aprecia la alegría y la generosidad de la vida.

-¿Y qué echa de menos de su Galicia natal?

-Estoy plenamente identificado con el Perú, pero quiero mucho a Galicia, donde tengo familiares y amigos. La morriña creo que ya la he superado, pero echo de menos muchas cosas de la tierra donde nací: el paisaje dulce, verde, amoroso; el mar...

Este año, con motivo del viaje a Roma para visitar al Papa, aproveché para pasar dos semanas en Galicia. Afortunadamente, hoy en día tenemos una comunicación fluida que facilita el contacto con las personas queridas a pesar de las distancias.

-Hace unos años ganó usted el Premio Internacional de Poesía Mística Fernando Rielo. ¿Qué otras aficiones tiene?

-Para mí la poesía es un hobby desde niño. Pero para escribir poesía se necesita cierta soledad, por eso muchas veces casi no puedo escribir nada. Suelo aprovechar los desplazamientos a los pueblos en transporte público –cinco horas o más de viaje– para escribir algo. Además del Premio he escrito unas cuantas cosas, pero no las he publicado. Aparte de la poesía me gusta también la montaña; cuando tengo la oportunidad, después de la tarea pastoral me gusta hacer algo de senderismo.