Carta Pastoral con motivo del Año de la Fe 2013

Queridos sacerdotes,
Religiosas y religiosos
Y fieles todos:

En poco más de un mes hemos vivido, como Iglesia,  unos acontecimientos históricos que nos han llenado de tal emoción, que difícilmente podremos olvidar: la dolorosa –pero ejemplar- renuncia del santo y sabio Papa Benedicto XVI y la elección del nuevo Papa Francisco, por el que, aun sin conocerlo, veníamos ya rezando al Buen Pastor y al Espíritu Santo desde el 11 de febrero en que  Benedicto XVI anunció su renuncia.  Nuestro amor al Vicario de Cristo es teológico: no es un sentimiento basado en motivos puramente humanos (porque es muy sabio, porque es muy santo, porque es muy simpático, de este o de aquel país), sino porque es el Sucesor de Pedro, el Pastor común, El Vicario de Cristo, que hace sus veces en la tierra. Santa Catalina de Siena –en tiempos difíciles de la Iglesia- le llamaba  El dulce Cristo en la Tierra. San Josemaría Escrivá hablaba de sus tres amores: Cristo, María  y el Papa. Y lo llamaba El Vice-Cristo. Él acuñó una hermosa jaculatoria: “Omnes cum Petro ad Iesum per Maríam”, que quiere decir: “Todos con el Papa vamos a Jesús por María”.

A gozo de recibir al nuevo Pontífice, se añade el saber que es un hispanoamericano. Habla nuestra misma lengua y conoce bien nuestra Iglesia en Sudamérica: su vitalidad y sus luchas y dificultades. Si, por un lado, supone un reconocimiento a la madurez de esta gran porción del Pueblo de Dios, por otro, es un llamado a la responsabilidad, a sentirnos adultos en esta gran familia de la Iglesia.

El tiempo pascual regresa nuestro pensamiento al mar de Galilea. Pedro está con seis apóstoles y los invita: -“Voy a Pescar”. – “Vamos también nosotros contigo”, le contestan. (Jn 21, 3).

El Papa Francisco, como sus antecesores, nos invita a a la extraordinaria  tarea de ser pescadores de hombres,  la Nueva Evangelización: caminar con Cristo, edificar en Cristo, proclamar a Cristo. (Misa de Clausura oficial del Cónclave).

A la luz de estos acontecimientos, quisiera abundar en las directrices que ya expresé al publicar el Plan Pastoral 2011-2012.

El Año de la fe

El Año de la Fe nos llena de esperanza. Quiso el Papa Benedicto XVI  que fuera un “tiempo especial de reflexión y redescubrimiento de la fe”, “una invitación a una auténtica y renovada conversión”,  un momento de gracia, una gran oportunidad para profundizar en lo que significa creer y comprometernos a transmitir esa fe a los demás para que lleguen también ellos al encuentro con Dios.

El Año de la Fe nos ha de llevar a “confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza”. (Cfer. Benedicto XVI, Porta Fidei, 1 y ss)

Agradecer el don de la Fe

Como un testamento, suenan aquellas emocionadas palabras del Papa Benedicto, pronunciadas en su última audiencia pública el 27 de febrero: ”Quisiera que cada uno sintiese la alegría de ser cristiano. En una bella oración que se recita cada día en la mañana se dice: Te adoro, Dios mío y te amo con todo el corazón. Te agradezco por haberme creado, hecho cristiano… Sí, estamos contentos por el don de la fe: ¡es el don más precioso que nadie nos puede quitar! Agradecemos al Señor por esto cada día.”

Agradezcamos no sólo la fe que hemos recibido como don de Dios, sino también los canales por donde nos ha llegado la fe, los ejemplos de aquellas personas fieles que nos han precedido.

El autor de la Carta a los Hebreos (Cap.11) relata las hazañas de los hombres y mujeres de fe: “Por la fe Abel ofreció a Dios sacrificios más excelentes que Caín(…), por la fe, Enoc fue trasladado sin pasar por la muerte (…), por la fe, Noé construyó el arca (…) Por la fe, Abrahán, al ser llamado, obedeció y salió hacia la tierra que había de recibir en herencia (…)” Y sigue elogiando la fe de los patriarcas,  de  Moisés y el pueblo elegido, de los jueces, de David, de Samuel y los profetas y de tantos hombres y mujeres testigos y mártires de la fe en el Antiguo Testamento.

El Papa Benedicto, en la Carta Apostólica Porta Fidei, continúa esta relación, ya en los tiempos de la Nueva Alianza y de la Iglesia, comenzando por la Virgen María:  “Por la fe, la Virgen María acogió la Palabra de Dios” (….) Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10,28 )(…) por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) (…) Por la fe, los mártires entregaron su vida (…) Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida Cristo (…) Por la fe, hombres y mujeres de toda edad…han confesado a lo largo de su vida la belleza de seguir al Señor” (PF,13).

Con profunda humildad, también nosotros, en nuestra joven  iglesia particular de Abancay, podríamos enumerar tantas vidas y obras de fe. Pensemos en su segundo obispo, muerto en olor de santidad, Monseñor Enrique –cuyo lema episcopal era “ardeonam credo”: “estoy ardiendo, porque tengo fe”-,  Y antes, en su primer obispo Monseñor Alcides, recientemente fallecido. Asimismo, están en la memoria de todas las personas consagradas -de las distintas congregaciones que han trabajado en esta diócesis- que vivieron y murieron santamente. Y son innumerables los fieles laicos –también en la familia de cada uno de nosotros-“que nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz” (Misal Romano).

Agradecidos por el ejemplo que nos han dejado, “corramos el combate que se nos ofrece, puestos los ojos en el autor y consumador de nuestra fe, Cristo” (Hbr. 12,2).

Hemos de pedir esa misma fe con humildad y perseverancia: “Señor, aumenta mi fe, ayuda mi incredulidad” (Mc 9,24).

Formar nuestra fe

“Hoy necesitamos que el Credo sea mejor conocido, comprendido, orado(….), ”reconocido”(…) a fin de que esas palabras sean verdadera luz para los pasos de nuestro vivir” (Benedicto XVI, Audiencia 17/10/11)

Se trata de un conocimiento sistematizado, orgánico, de las verdades reveladas. No de lograr unas determinadas emociones religiosas que pronto se lleva el viento, ni de adquirir una serie de conocimientos fraccionados, ideas sueltas.

Es preciso llegar a un acercamiento a la verdad sobre el misterio de Dios, Uno y Trino, y de su obra salvífica. Cada fiel debe poseer un resumen elemental de la Historia Sagrada, la Historia de la Salvación: la Creación de todo lo visible y lo invisible; la Encarnación de su único Hijo y los misterios de su infancia, vida pública y  misterio pascual, culmen de la Redención; la Ley de Dios –mandamientos- que rigen el comportamiento humano y que Jesús confirma, perfecciona y lleva a su plenitud con la Bienaventuranzas; la  Santificación obrada por el Espíritu Santo: la gracia, las virtudes y los dones; la economía de los sacramentos; el misterio de la Iglesia. Es preciso saber qué hemos de orar y cómo ha de ser la oración de un hijo de Dios.

Junto con la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia y el Compendio,  son subsidios valiosos las constituciones y decretos del Concilio Vaticano II, los catecismos editados en nuestra diócesis, las guías cristianas, el Yucat, los guiones del Compendio del Catecismo destinadas a la formación de los grupos apostólicos parroquiales y de otros…

Alguien podría argumentar que esta formación es demasiado teórica y abstracta. Responde el mismo Pontífice: “A través de sus páginas (del Catecismo), se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa”(PF12).El Catecismo de la Iglesia “es la norma segura para la enseñanza de la fe”(Bto. Juan Pablo II). Todo él está impregnado de la Palabra de Dios y es la mejor guía para utilizar correctamente la Biblia.

En una zona geográfica como la nuestra, plagada de sectas y grupos religiosos, se hace necesaria una sana apologética, una defensa de la fe que nos lleve a saber “dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida” (1Pe 3,15) .  Es verdad aquel refrán: católico ignorante seguro protestante. Apologética sana, quiero decir que sea llena de caridad – veritatenfacientes in caritate (Ef 4,15) y de humildad, condenando el error, pero no al que está equivocado.

Adivinos, brujos y magos, tarot, lectura de cartas, espiritismo, guijas, pagos a la pachamama, y otras prácticas supersticiosas disfrazadas muchas veces de apariencia religiosa -usando imágenes o nombres de ángeles, oraciones, etc- tienen muchos clientes entre los cristianos poco formados, que dejan de confiar en la Providencia divina…y se ponen al alcance de la acción del diablo, que se goza en todas estas prácticas. La credulidad –creer cualquier cosa, sin fundamento- y la superstición son grandes obstáculos para la fe. No es lo mismo creer, tener fe, que ser crédulos o supersticiosos. La superstición es una desviación del sentimiento religioso y de las prácticas religiosas que pervierte el culto y lo equipara a la magia, prescindiendo de las disposiciones interiores.

Formarnos en la fe es estar preparados también para enfrentarnos a otro gran enemigo de la fe que nos acecha y que se creciendo a la par del desarrollo económico: el relativismo y el laicismo, por los que los hombres desplazan a Dios de la vida pública y de la cultura para decidir ellos lo que es verdad o mentira, lo que está bien o está mal. En todo caso, permiten que la fe se convierta en mera creencia privada que alguien puede practicar dentro del templo o en su casa, pero sin que tenga influjo en la legislación civil ni en las costumbres ni aspire a transformar el mundo según el Evangelio.

El Papa Francisco llama “pobreza espiritual de nuestros días” a la dictadura del relativismo”, que deja a cada uno como medida de sí mismo y pone en peligro la convivencia entre los hombres. (Discurso 22-03-13).

Celebrar nuestra fe

Celebrar es una dimensión propia de la vida de los hombres, y, por tanto, de los miembros de la Iglesia. ”Quiso el Señor santificar y salvar a los hombres no individualmente y aislados entre sí, sino constituyendo con ellos un pueblo que lo conociera en la verdad y lo sirviera santamente” (Vat II, L.G. cap II, 9)

En este Año de la Fe “tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias.., en nuestras casas, en nuestras familias…” (PF, 8)

En la sagrada Liturgia y los Sacramentos expresamos la fe, celebramos nuestra salvación  y experimentamos la presencia de Cristo resucitado.

La litúrgica, especialmente la Eucaristía, sacramento de nuestra fe, convenientemente preparada dignamente celebrada, es también la mejor catequesis para los fieles.

Por ello, la celebración del domingo, día del Señor, debe ser siempre un objetivo preferencial en todos los planes pastorales. Es preciso invitar continuamente a. la asistencia a la santa Misa “para que la casa  se llene de invitados”(Lc 14,23) Y hemos de sentir la urgencia de que los sacramentos de iniciación cristiana sean preparados y celebrados de tal forma, que niños y jóvenes experimenten un verdadero encuentro con Dios, y buscar la manera de que  se inicien en la vida cristiana los adultos bautizados y no suficientemente evangelizados (Cfer. Ap. 289.292.293).

La oración, expresión de la fe.

Cultivar nuestra fe significa recurrir con confianza y plena convicción a los medios sobrenaturales: sacramentos, oración, mortificación .Creer es mucho más que prestar nuestra adhesión a unas verdades reveladas. Es, sobre todo, entusiasmarse por la persona de Cristo. 

 El Maestro ha enseñado a orar con fe: “Si tuvieran fe como un granito de mostaza, diría a este sicómoro: arráncate de raíz y plántate en el mar, y les obedecería”(Lc 17,10) “Por eso, todo cuanto pidan, crean que lo recibirán y se les dará” (Mc 11,24) Y la carta de Santiago insiste en ello: “Si alguno de ustedes se halla falto de sabiduría, pídala a Dios (…) pero pida con fe, sin dudar nada” (Sant 1,5-6).

Como nos pedía Juan Pablo II en la Novo MilennioIneunte, estamos comprometidos en convertir nuestras parroquias y comunidades en escuelas de oración, escuelas de fe, en definitiva.

“Se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida. Especialmente ante tantos modos en que el mundo de hoy pone a prueba la fe, no sólo serían cristianos mediocres, sino « cristianos con riesgo ». En efecto, correrían el riesgo insidioso de que su fe se debilitara progresivamente, y quizás acabarían por ceder a la seducción de los sucedáneos, acogiendo propuestas religiosas alternativas y transigiendo incluso con formas extravagantes de superstición. Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral.”(Juan Pablo II,NMI, 32-34)

Conversión personal y apostolado

Al convocar el Año de la Fe, el Papa Benedicto nos animaba a ”redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (PF,2), a “descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios (Id.3)… y el Pan de Vida”. “Que el Año de la Fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo” (Id 15) de modo que “el testimonio de los creyentes sea cada vez más creíble”(Id 9).

El documento final de Aparecida nos ha urgido a la conversión personal y a la conversión pastoral. “La conversión personal despierta la capacidad de someterlo todo a la instauración del Reino de vida. Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y consagradas, laicos y laicas estamos llamados a una actitud de permanente pastoral…”(Ap 366). Lleva consigo fidelidad al Espíritu Santo, vivir la espiritualidad de comunión, compromiso misionero, disponibilidad y espíritu de servicio, capacidad de diálogo…En definitiva, convencernos de que “el testimonio de comunión eclesial y la santidad son una urgencia pastoral” y de que “la programación pastoral ha de inspirarse en el mandamiento nuevo del amor (Jn 13,35)” (Ap 368).

El celo apostólico y misionero nos apremia. No podemos caer en la tentación de sentirnos felices con las noventa y nueve ovejas del redil  (¡ojalá tuviésemos la noventa y nueve!) sin sentir la urgencia, como el Buen Pastor, de buscar a la oveja perdida.

Es necesario que cada persona, cada comunidad y cada grupo parroquial adquiera un triple compromiso: atenerse a un plan de formación, a un plan de oración y un plan apostólico concreto.

Fe con Obras

“La fe sin obras es una fe muerta” (Sant 2, 14-17).

 En muchas ocasiones, no pocos cristianos parecen decir: “Tengo mucha fe, pero tardo años en bautizar a mis hijos; tengo mucha fe, pero convivo sin contraer el sacramento del matrimonio; tengo mucha fe, pero me embriago de forma habitual…, participo de la corrupción, de la mentira,  o cometo habitualmente pecados mayores….A veces no me siento bien, y hasta me confieso, pero sin un propósito de cambiar de vida…”

Y es que, con frecuencia, se siguen las tradiciones,  lo que hace la mayoría, las costumbres que, si no son abiertamente anticristianas, al menos son ante-cristianas  (de antes de que Cristo viniera, o de antes de conocer a Cristo). Pero Cristo nos animó a no seguir los criterios mundanos. Nos dijo: “Si el mundo los aborrece, sepan que me aborreció a mi primero que ustedes. Si fueran del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no son del mundo, sino que yo los escogí del mundo, por eso el mundo los odia” (Jn 15,18-19).

Coherencia. Unidad de vida.

Cada cristiano ha de vivir la coherencia entre doctrina y vida; adhesión a las verdades de fe y al comportamiento moral propio del cristiano.

Así lo expresaba el Beato Juan Pablo II:

“Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree... Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más íntimo de la fidelidad.

Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida” (Méjico, 26/1/79)

La naturalidad con que hemos de vivir los cristianos es la del hombre y de la mujer que vive de acuerdo con su fe, con sencillez, aunque esta conducta  choque con el espíritu mundano, sea distinta de la de los paganos. “Chocará, sin duda, tu vida con la de ellos; y ese contraste, al confirmar con tus obras tu fe, es la naturalidad que te pido” (JM Escrivá, Camino 380).

La religiosidad popular

Una de las fortalezas de nuestra tierra es la rica religiosidad popular, que no se puede desestimar, sino que se ha de purificar, de manera que propicie un verdadero encuentro con Dios.

No se puede negar que hay elementos que intentan pervertir estas expresiones de fe. Pensemos en el alcoholismo tan vinculado a las fiestas religiosas. Digamos lo mismo de las fiestas de carnaval y las yunsas que se celebran  bien entrado el tiempo de Cuaresma, a pocos días de las celebraciones de Semana Santa. Pareciera que se produce aquella incoherencia que indican los versos del poeta: “Te contaré en un cantar/ la rueda de la existencia:/ pecar, hacer penitencia/ y luego volver a pecar”. “Debe darse una catequesis apropiada que acompañe la fe ya presente en la religiosidad popular…Una manera concreta puede ser el ofrecer un proceso de iniciación cristiana en visitas a las familias, donde no solo se comunique los contenidos de la fe, sino que se les conduzca a la práctica de la oración familiar, a  la lectura orante de la Palabra de Dios y al desarrollo de las virtudes evangélicas que las consolide cada vez más como iglesias domésticas…” (Ap. 300)

Fe y Caridad

La fe obra por la caridad. “El Año de la Fe es una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad” (PF, 14)”La fe sin la caridad no da fruto…, la fe y el amor se necesitan mutuamente…. Gracias a la fe, podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado” (PF 14). De la vivencia de la fe es de donde sale nuestra acción caritativa –la cáritas diocesana, las cáritas parroquiales, los centros de salud, asilos y comedores, etc. De la fe salen no sólo las obras de caridad, sino también el espíritu con que hemos de hacerlas.

Esta caridad se expresa en primer lugar viviendo espiritualidad de comunión. Recordemos el hermoso texto de la Novo Milennio Ineunte:

 “Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como "uno que me pertenece", para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un "don para mí", además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber "dar espacio" al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias”(NMI).

El pasado Pontífice dedicó su primera encíclica –Deus Cáritas est- al tema de la acción caritativa de la Iglesia y diseñó el perfil de los que han de trabajar en este servicio.  Seguiremos aplicándolo a nuestra Cáritas, a la Clínica Santa Teresa y a los demás centros médicos, asilos, comedores y demás actividades caritativas y sociales de la diócesis. Pero no olvidemos que es tarea de cada parroquia involucrar a cada fiel en la actividad caritativa a través de las cáritas parroquiales y, sobre todo, practicando individualmente las obras de misericordia espirituales y corporales.

En la primera homilía pronunciada por el Papa reinante –que intencionadamente lleva el nombre de Francisco, El Pobrecillo de Asís, desposado con la “Dama Pobreza”- dijo a los cardenales: “Nosotros podemos caminar todo lo que queramos, podemos edificar muchas cosas, pero si no proclamamos a Jesucristo, la cosa no va. Nos convertiremos en una ONG piadosa, pero no en la Iglesia, la esposa del Señor”. Y en la Misa de inauguración de su pontificado (19/03/13) nos invitó a “custodiar a la gente, preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón”

PRIORIDADES DEL PLAN PASTORAL

Hemos querido, durante estos años 2012-2013, llevar a cabo una Misión Diocesana que, insertada en la Misión Permanente propuesta en Aparecida, debe lograr un impulso pastoral en cada una de nuestras parroquias y comunidades. Pienso que algo hemos intentado, pero se nos ofrece un gran reto en los ya pocos meses que faltan para el final del Año de Fe. Hemos de llenarnos de coraje. La Resurrección del Señor, vivida litúrgicamente, supone un nuevo comienzo: “He aquí que hago nuevas todas las cosas”.  Por otra parte, el iniciarse un nuevo pontificado lleva consigo un volver a empezar sin interrupción. Hemos de hacer  tal vez lo mismo, pero con nueva ilusión, con fe y esperanza renovadas, con la imaginación que nos dicte la caridad. Volvemos por un instante al mar de Galilea y vemos a los apóstoles llegar fatigados y con las redes vacías: “Hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada, pero en tu nombre echaré la red”, dice Pedro (Lc.5,5). En su nombre, en nombre de Cristo volveremos a las faenas de pesca.

Nuestro Plan Pastoral, que sigue en vigor, recoge una serie de objetivos y acciones que nos hemos propuesto a la luz de la exhortación del Papa, teniendo en cuenta las Sugerencias  de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe y nuestras propias reflexiones del Consejo de Presbiterio y del Consejo de Pastoral, así como algunas Conclusiones a que habíamos llegado en nuestro último COMDA 3.

En los meses que faltan para la Conclusión del Año de la Fe les animo a dar un fuerte impulso misionero en cada parroquia y comunidad, en cada grupo.

Quisiera marcar unos campos prioritarios.

1. La Preparación para los sacramentos

Entre las acciones pastorales a llevar a cabo en este Año de la Fe, es indudable que la Preparación doctrinal y espiritual para recibir los Sacramentos –desde la Iniciación cristiana hasta el matrimonio- ha de recibir un nuevo impulso en extensión y profundidad; una preparación centrada en la Palabra de Dios y en los contenidos del Catecismo de la Iglesia. Y ha de procurarse que esta catequesis pre-sacramental pueda prolongarse, en la medida de los posible, en una catequesis también post-sacramental, en busca de una verdadera madurez en quienes los reciben.

La atención a los enfermos es siempre prioritaria y urgente, tanto en los domicilios como en los centros de salud. El sacerdote (sea o no el encargado) ha de estar en todo momento disponible con prontitud y de buena gana. Sabemos bien los sacerdotes que el Señor nos pedirá cuentas y nos recompensará abundantemente: “Lo que han hecho a estos mis humildes hermanos, a mí me lo han hecho” (Mt 25,40).

Pero, además de la atención de emergencia, los párrocos y capellanes han de saber encontrar entre los fieles piadosos – jóvenes y mayores-, asiduos colaboradores en la pastoral de la salud. Puede ser una excelente tarea para los miembros de los grupos parroquiales.

2. La Educación católica

La formación católica rebasa el estricto ámbito parroquial. Debemos pensar en las Universidades, en los colegios y en las escuelas. Los profesores seglares de religión son nuestros mejores aliados. No pocos sacerdotes y religiosas desempeñan también esta noble tarea. Pero es preciso también lograr espacios para  que el clero  pueda realizar visitas a los centros, dar charlas o proyectar audiovisuales formativos sea a profesores, sea a los alumnos, además de ganarse la amistad de unos y otros, y convertirse en asesor espiritual.

Los profesores seglares no son empleados de la parroquia ni propiamente catequistas, pero se les ha de ganar por la amistad y la confianza, de modo que colaboradores convencidos de los párrocos y sirvan de enlace entre el colegio y la parroquia.

Para esta labor de formación serán muy útiles las distintas casas de retiro y centros equiparables que, en este Año de la Fe deben llenarse de actividades. Debemos fomentar los retiros espirituales.

3. La Pastoral familiar

En el mundo y en el Perú –especialmente en estos momentos-la institución familiar se está jugando mucho. No faltan presiones del exterior (que, entre otras medidas, condicionan las ayudas a los planes de desarrollo de nuestro país) para que en nuestra legislación se adopte la ideología de género, con todo lo que ello supone y lleva consigo: matrimonio de homosexuales, con facultad de realizar adopciones,  despenalización del aborto, etc. Iniciativas de esta índole están ya en los planes operativos del gobierno y no tardarán en ser presentadas al Congreso de la República para su aprobación.

Ya el  Tribunal Constitucional, ante la sorpresa e indignación de tantos padres de familia y de los pastores de la Iglesia,  ha emitido una resolución en la que se despenalizan las relaciones sexuales y acciones equivalentes con menores de edad, Si salimos de nuestras fronteras, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con grave injerencia en los asuntos internos de un país, ha sancionado a Costa Rica por prohibir la distribución de la llamada “píldora del día siguiente”, que, como se sabe, es abortiva.

Esta lucha es la que nos espera conjuntamente a los padres de familia y a los pastores de la Iglesia.

Frente al avance de la cultura de la muerte, es preciso un compromiso decidido en defensa de la vida y del matrimonio, teniendo también en cuenta que “entre los cónyuges que cumplen así la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que, de mutuo acuerdo, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente”( C. Vaticano II, GS, 50).

Se ha de empezar por una verdadera formación cristiana, que va desde la catequesis preparatoria de los sacramentos hasta la preparación de los matrimonios que puedan liderar o tomar parte en la Pastoral familiar de la diócesis y de cada parroquia. La catequesis tiene que llegar también a los casados y hemos de luchar para que cada familia sea “iglesia doméstica” iniciados también en el camino de la oración, especialmente, de la oración en familia.

4. La Pastoral Juvenil

La mayor parte de los participantes en nuestras actividades litúrgicas, catequéticas y misionales, los destinatarios de las clases de religión, los que han asistido a nuestros tres congresos misioneros…, son jóvenes. No se puede decir que no hacemos pastoral juvenil. Pero, sin duda, nos ha faltado una mejor organización de esta pastoral, unos objetivos más concretos, un plan de formación en la fe, una introducción en la vida de oración…

En este año se nos presenta una gran oportunidad: La Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro (Brasil). No me refiero sólo al pequeño grupo de los que puedan asistir. Me refiero principalmente a todas las iniciativas que puedan surgir en la preparación de ese evento, en el seguimiento en directo o en diferido a través de las pantallas y los medios de comunicación, en la difusión de los mensajes que el Santo Padre deje a todos los jóvenes presentes o no. También -¿por qué no?- a las pequeñas réplicas que se puedan organizar a nivel parroquial, zonal o diocesano.

Pero necesitamos que los jóvenes puedan, no sólo escuchar o realizar una serie de dinámicas, sino también reflexionar, orar, estudiar los mensajes, aplicar los mensajes a su propia vida, formar compromisos apostólicos y misioneros.

5. La pastoral de vocaciones (al sacerdocio, en especial)

El Seminario Mayor de Nuestra Señora de Cocharcas ha sido puesto en marcha por ese gran hombre de fe, Monseñor Enrique Pélach, de feliz memoria, en momentos duros de la Iglesia, cuando los grandes seminarios del Perú y del mundo se cerraban, debido a la gran crisis que siguió al Concilio Vaticano II, cuando nadie en Abancay sabía lo que era un seminario. Y comenzó así: con mucha oración en parroquias y comunidades (especialmente los primeros domingos de mes y los jueves eucarísticos), rezando y haciendo rezar; con la ilusión de todos los sacerdotes, religiosas y catequistas. Con el apoyo espiritual, moral y también material de todos y todas. Casi todo el abundante clero de la diócesis es fruto de esa fe operante y de esa oración.

Su sucesor, Monseñor Isidro Sala, entonces párroco de San Jerónimo, secundó ejemplarmente los deseos del Obispo: no sólo rezó e hizo rezar, sino que envió muchos niños y jóvenes al Seminario, los cuidó, alimentó y organizó durante las vacaciones y los vio subir al altar en gran número como sacerdotes.

Los medios son los mismos: “Rueguen a Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”(Lc 10,2). Y, junto con la oración, el hablar de la vocación –la llamada de Dios- a los jóvenes y a sus familias en la predicación, en la catequesis, en las clases de religión… Es absolutamente necesario el seguimiento de los jóvenes mediante la dirección espiritual –con motivo de la confesión o de la simple amistad. Tratar de la vocación cristiana, sacerdotal o religiosa con los grupos juveniles, con los acólitos y con los alumnos.

Varios puntos que hemos de tener en cuenta: Lo primero es cuidar a las familias, conocer y tratar a los padres de los candidatos. De ordinario, los futuros sacerdotes provienen de familias cristianas bien constituidas.

         Que los jóvenes sean elegidos entre los que tengan capacidad para los estudios. Por último, no dudemos en iniciarlos en la oración –condición indispensable- y en el apostolado. Procuraremos que sean más recios. Que sepamos ponerles metas apostólicas y acompañarlos a visitar a pobres, ancianos y enfermos.

¿Por qué insisto tanto en la pastoral vocacional? Porque nos podría venir la tentación de creer que somos suficientes, que tenemos cerca de una veintena de sacerdotes misioneros en otras jurisdicciones. Insisto en ello sobre todo porque la capacidad de atraer vocaciones es un signo indicativo de que los sacerdotes están enamorados del Señor y se sienten felices de estar entregados a él en el sacerdocio. También porque una parroquia o grupo apostólico de donde no salgan vocaciones sacerdotales y consagradas no goza de buena salud espiritual. Es toda la Iglesia la que nos tiene que preocupar. Se necesitan “muchos y santos sacerdotes”, como pedimos en la oración, y también muchas personas consagradas y laicos comprometidos con su vocación cristiana. No podemos renunciar a ser misioneros. Demos gracias a Dios porque han surgido muchos entre nosotros, pero no nos podemos detener.

Tenemos en marcha el seminario mayor y el menor. También para que sean rentables se necesitan muchos más alumnos, pero, sobre todo, para dar una mejor formación. Todos sabemos que una familia numerosa constituye con más frecuencia “un hogar luminoso y alegre”, y se educan más fácilmente los hijos. Todos contribuyen a la vida de familia. Se educan en el compartir, en la responsabilidad, en el ejemplo y la fraternidad… De igual modo, hay mejor  formación en un seminario con mayor número de alumnos: todos se enriquecen con las cualidades y dones de los demás, sube el nivel académico y espiritual, la calidad de la convivencia…, hasta el espíritu deportivo, la alegría y el buen humor. Los que somos sacerdotes así recordamos el seminario que nos tocó vivir.

Pero hay algo fundamental, repito,  para lograr una efectiva pastoral de vocaciones, para encontrar seguidores: la ilusión de los sacerdotes, la alegría de su entrega, el testimonio de su fraternidad. Quiero recordar unas palabras del papa Benedicto XVI a los sacerdotes a los sacerdotes de Albano:

“Hay otro camino más complejo, porque exige la transformación de nuestro corazón, pero más verdadero, y así también nacen nuevas vocaciones”….” Se tiene realmente que crear esta comunión de vida que les demuestre a los jóvenes: “Sí ese también puede ser un futuro para mí”

6. Formación de los Grupos Parroquiales

La labor con los grupos parroquiales y apostólicos es necesariamente transversal. Quiero decir con ello que están incluidos en los tres campos apostólicos señalados anteriormente. Son las personas que tenemos más cercanas, las que colaboran con los pastores, las que participan en la liturgia de nuestros templos y tienen espacios dedicados a la formación en grupo. En estos grupos se imparte pastoral vocacional, familiar, juvenil, según las circunstancias…

Efectivamente, nuestros catequistas rurales son y han sido siempre la mano larga de los párrocos en la atención a las comunidades rurales. Gracias a ellos, hay una presencia pastoral y apostólica en cada comunidad: preparan para los sacramentos, abren las capillas para las celebraciones dominicales en espera de sacerdote, disponen a la comunidad católica para la venida de los pastores de la Iglesia, defienden a los fieles del proselitismo de las sectas.

Es evidente que hemos de reforzar su formación cristiana y valorar agradecer más y más su trabajo.

En cada parroquia hay también catequistas adultos y jóvenes que ejercen la catequesis ordinaria, especialmente entre los niños, pero también colaborar en la preparación de los sacramentos del bautismo, confirmación, primeras comuniones y matrimonios… Hemos de fortalecerlos mucho en esta tarea y hacer que también ellos puedan ir por delante con una vida de piedad creciente el ejemplo de vida.

Los acólitos son imprescindibles servidores del culto. La mayoría son niños (de donde saldrán con frecuencia los futuros sacerdotes). Hemos de acrecentar el grupo de acólitos, darles una formación litúrgica elemental e introducirlos en la oración en la medida de su edad. Dígase lo mismo de los acólitos adultos tan valiosos y de los lectores, que nunca han de ser improvisados.

Además, en cada comunidad parroquial existen diversos grupos apostólicos, cofradías, hermandades… Pensemos en Las Legionarias, los Retiros Parroquiales de Juan XXIII, los Ministerios y Misioneros de María, la Catequesis Familiar, los Adoradores, Los Coros de jóvenes y mayores y tantos otros.

Es preciso que cada grupo sea “escuela de oración”, se inicie en el encuentro con Dios, que tenga su tiempo de formación según su carisma o su servicio y que, colectiva e individualmente, se le encomienden  tareas apostólicas y misioneras que llevar a cabo de acuerdo con los párrocos.

Todo fiel tiene derecho a llevar a cabo las iniciativas apostólicas que le dicte su conciencia y generosidad, sin necesidad de ningún permiso de los pastores; pero aquellos que están constituidos en  asociación parroquial han de ser colaboradores generosos de los párrocos y han de implicarse en la tarea pastoral de cada parroquia. Muchas veces se podrá contar con ellos para labores de catequesis, de misiones, de caridad  (por ejemplo, las cáritasparroquiales) etc.

Con seguridad desempeñarán estas funciones con entusiasmo

y agradecimiento.

LOS CRITERIOS PARA HACER LA MISIÓN

En el Plan Pastoral 2011 recogíamos los criterios sugeridos por la V Asamblea del Episcopado Latinoamericano en Aparecida:

1. Conversión y  Renovación: Convertirse personalmente en discípulos y misioneros está en la base de toda conversión pastoral (mejora y cambio cuando sea preciso de nuestras estructuras pastorales).

2. Comunión y Participación: Esta labor la llevamos en íntima unión con el Santo Padre y la Iglesia, con el Obispo y todo el clero, personas consagradas y el pueblo fiel. Lo que nos tiene que llevar a una sincera colaboración y solidaridad a nivel de la diócesis y a nivel de nuestras parroquias y comunidades. Colaborar –“Llevar unos las cargas de los otros”-; compartir recursos humanos y materiales fomentar el intercambio de servicios. La caridad es el alma de toda acción evangelizadora. La participación es expresión de la Comunión- Cada grupo tiene que abrirse a los demás, proponerse metas apostólicas y misioneras: en una palabra, participar.

CONCLUSIÓN

      En este empeño vamos a estar hasta el próximo 24 de noviembre, solemnidad de Cristo Rey, en que concluye el Año de la Fe, asistidos por una especial gracia jubilar.

Pero es evidente que, con ese impulso, continuaremos esta tarea integrada en la Misión Permanente en la que todos estamos comprometidos, que no es otra cosa que la Nueva Evangelización a la que nos convocan los tres últimos pontífices.

Con alegría pascual, comencemos de nuevo cada día, todos juntos con el Papa, vayamos a Jesús, por María –Nuestra Señora de Cocharcas.

Con mi más afectuosa bendición.

     Abancay, 25 de marzo, 2013.

+Gilber Gómez González

Obispo de Abancay