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EN MEMORIA DE DON ENRIQUE PELACH, OBISPO DE ABANCAY

P. Santos Doroteo Borda López

El 19 de julio de 2007, con 90 años de edad, Mons. Enrique Pélach y Feliú, gran obispo y pastor de la diócesis de Abancay, partió hacia la casa del Padre. Sus restos mortales, sepultados en la Catedral de Abancay, son visitados por sus devotos, quienes son bendecidos por su intercesión.

 

Con la perspectiva del tiempo, la obra de Mons. Pélach aparece, si cabe, más grandiosa. Sobresale el Seminario Mayor, donde se formaron decenas de sacerdotes. En efecto, Mons. Enrique y sus misioneros decidieron dar prioridad a la formación de sacerdotes autóctonos. Valía la pena que la pastoral ordinaria de la diócesis marchase en esta dirección: lo urgente puede esperar, lo importante no debe esperar.
La construcción y la remodelación de decenas de templos e iglesias; la publicación de libros y catecismos en quechua y castellano, las misiones populares, etc., constituyen otro gran legado que heredamos de Mons. Enrique.
Sin embargo, la opinión pública valora sus obras sociales. Entre muchas, sobresale la que hoy es la Clínica Santa Teresa, nacida como posta médica, para curar a los leprosos y a los indigentes de la Región. Pero existen otras obras.
Emprendió la construcción de carreteras, postas médicas, escuelas, canales de riego, comedores populares, asilos de ancianos, clubes de madres, hogares para chicos y chicas pobres, etc., centrando las fuerzas en la promoción de la mujer. Eran obras pequeñas para tantas necesidades. “una gota de almíbar en un mar de acíbar”, repetía, pero sería interesante estudiar el influjo económico y social de las obras de Mons. Pélach, y cómo ayudaron a mejorar las condiciones de vida de  los habitantes de Apurímac.
Algunas anécdotas son las siguientes. Mons. Enrique impulsó la construcción de la carretera de Quisapata, en pleno apogeo de Sendero Luminoso. Un día de faena, los comuneros de Quisapata y los de Cáritas Abancay pasaron mucho miedo, cuando un helicóptero artillado se detuvo a pocos metros, sobre sus cabezas, apuntándoles con las metralletas. Felizmente los soldados entendieron desde el aire que se trataba de un trabajo comunal y continuaron su vuelo.
Al poco de crearse la parroquia de Guadalupe, en 1987, los niños bostezaban y se dormían en la Misa de las 9:00 am. Enseguida se pensó darles desayuno después de la ceremonia. La llamábamos “la Misa de los cacharros”, porque acudían centenares de niños portando sus tazas para tomar su desayuno. Cuando la Misa se alargaba, empujados por el hambre o por el aburrimiento, los niños dejaban caer sus tazas al suelo estrepitosamente. Mons. Enrique acudía algunas veces a celebrarles esa Misa, y disfrutaba de la bulla que había. Esos niños y niñas, ahora, ya profesionales y con familia, recuerdan con nostalgia la  “Misa de los cacharros”.
La subversión terrorista, la hiperinflación y el shock económico produjeron hambre y pobreza, mucha gente pasaba hambre. Las principales ciudades de la diócesis de Abancay se llenaron de barrios marginales por la migración. Mons. Enrique Pélach estuvo al tanto de ello y organizó ollas comunes en las parroquias y en las instituciones religiosas. Gracias a su empuje, la Iglesia cumplió con su misión pastoral, estando al lado de los más pobres; se hizo una auténtica liberación integral del ser humano.
La personalidad humana y divina de Mons. Pélach escapa a las líneas que esbozamos. Pero cabe preguntarse: ¿de dónde sacaba energías y empuje para llevar adelante tanta labor en beneficio de los pobres?  La respuesta es sencilla: Mons. Enrique amaba a Dios y al prójimo con todo su corazón.
Mejor lo ilustra este detalle de su vida: cuando ya era Obispo emérito, Mons. Enrique dirigió la construcción del templo de Chincheros. Se fue allá por seis meses, viviendo sólo, en una choza. Yo le visitaba una vez al mes, y lo primero que me pedía era la atención espiritual. Entenderán los lectores que ello no me hacía ninguna gracia, pero tenía que atenderle, a pesar de ser un servicio que pedía un santo a un pecador, una persona con experiencia aun inexperto, como era yo. Al oírle, palpé la profundidad y la limpieza de su alma de niño. Su preocupación consistía en decir jaculatorias, o sea, cortas oraciones de amor durante el día; vivía continuamente en presencia de Dios y se gozaba de tratar a su Padre amoroso. Estas prácticas espirituales eran el deporte de su vida: quería amar a Dios y decírselo tantas veces como el latir de su corazón.

Aparece su capacidad de amar cuando habla de su diócesis: “He besado muchas veces, con toda el alma, este nuevo suelo patrio. Lo he amado y tratado de servir en nombre de Dios, que me ha enviado a él” (ENRIQUE PELACH, Abancay, Un Obispo en los Andes peruanos, Rialp, Madrid 2005, p. 173).
A los que le hemos conocido y tratado durante años en la tierra no nos sorprende que nos siga ayudando desde el cielo. Por ejemplo, un joven de la calle Lima, desahuciado de cirrosis, se ha curado totalmente, después de realizar una novena junto a su tumba. Ese joven ahora está sano y vive en Abancay.
Igualmente, una señora desesperada por la situación de sus hijos estudiantes en Lima ha logrado conseguir una casa a muy buen precio, casi regalada, después de haber rezado con insistencia la estampita de don Enrique. Son sólo ejemplos. Pero, ¿Cómo era su devoción a la Virgen?
El Obispo Pélach profesaba una tierna devoción a la Virgen Santísima, con la diaria recitación de los tres misterios del Rosario. Compuso para la Virgen de Cocharcas un canto, que en la cuarta estrofa dice: “La gente sufre y llora y sin alivio, Mamay Cocharcas. Acude presto, Señora, en nuestro auxilio. ¡Mamay Cocharcas, Mamallay!”
Don Enrique Pélach murió desprendido de todo. Había conseguido millones de soles y los invirtió para los pobres, nunca se quedó con nada. Sus pocos  enseres consistían en unos cuantos libros y en escasa ropa. Nunca cambió de catre, envejecieron juntos.
El 21 de julio de 1968, llegaba a Abancay Mons. Enrique Pélach, y el 21 de julio de 2007 era enterrado en la Catedral de Abancay. Bonita coincidencia. En dicho funeral, Mons. Isidro Sala dijo: “Ese corazón ha dejado de latir en la tierra, pero no ha dejado de amar, porque el Amor con mayúscula –ese amor con que amaba a Dios y a los hombres– no se acaba nunca. En el cielo, totalmente metido en Dios, nos amará con más perfección y eficacia”.
Demos gracias a Dios por tan gran Pastor y benefactor. Aprovechemos ahora esa capacidad de amar y acudamos a su intercesión.