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"Quimichu": Una linda historia que parece un cuento PDF Imprimir E-mail

Hace cuatrocientos años de la llegada de la Sagrada imagen de la Virgen de Cocharcas. Como cada santuario, el nuestro también tiene una antigua y hermosa historia.
Se la voy a contar en breves trazos, resumiendo un manuscrito de 1625 escrito por el licenciado don Pedro Guillén de Mendoza.

Era la víspera del día de San Pedro en un pequeño pueblo de unas cuarenta casas en el valle del río Pampas, que separa los departamentos andinos de Apurímac y Ayacucho. Un grupo de jóvenes, al anochecer, jugaban en la pampa con hachas de maguey encendidas trazando hermosos círculos de luz en la oscuridad. Se perseguían unos a otros, bulliciosos y contentos… pero, en un momento del festejo, se produjo un accidente. Uno de ellos, el catequista Sebastián Asto Huaraca (“Quimichu”) resultó herido: unas astillas de maguey encendido se clavaron en su mano. Pasado el primer dolor agudísimo, se esperaba que pronto se curaría. Pero no fue así. La herida empeoró, no se pudo cortar la infección a tiempo y el joven resultó lisiado. En lo que sí progresaba el “Quimichu” era en el conocimiento de la doctrina cristiana y en el aprendizaje de los hermosos cantos religiosos en lengua quechua. De esa manera, él podía enseñarlos a pequeños y mayores en la doctrina de Cayara, a la que pertenecía el pueblo de Cocharcas. En cambio quedó imposibilitado para realizar los trabajos del campo, sustento de su familia.

Una buena señora se lo llevó a la ciudad de Cuzco, capital del Imperio incaico, famosa por sus hermosas construcciones incaicas y coloniales. Allí Sebastián cantaba, enseñaba el catecismo y pedía limosna a la puerta de las iglesias para ganar su sustento.

Un día, unos peregrinos que regresaban de la laguna puneña del Titicaca se compadecieron de él y le animaron a peregrinar al Santuario de la Virgen de Copacabana, que llevaba quince año construido. Le dijeron que aquella Virgencita era muy milagrosa.

Y allá se dirigió nuestro joven –una peregrinación de muchos días -. Cuando una noche, después de rezar sus oraciones a la Señora, reposaba en el tambo de Pucará, soñó que la Santísima Virgen le tomaba de la mano y curaba su herida.

Cuando despertó, su mano estaba totalmente restablecida. Sebastián, lleno de alegría y agradecimiento a la Virgen, apuró su paso para alcanzar el Santuario. Llegó a los pocos días para postrarse agradecido ante la Sagrada Imagen, una bella representación que había sido tallada en madera de maguey por el piadoso escultor Tito Yupanqui.

Después de orar prolongadamente ante el camerino de la Virgen, decidió visitar al célebre escultor. Quisiera encargarle una copia de la Virgen de Copacabana para traerse a su pueblo. Justamente Tito Yupanqui tenía una que le había encargado un sacerdote de Tucumán y que no había recogido ni pagado, por haber fallecido. A Sebastián se le antojaba llevarse aquella hermosa imagen, pero no tenía con qué pagarla. Fue entonces al Obispo y a las autoridades civiles y les pidió licencia escrita para poder mendigar por el alto Perú y Tucumán hasta conseguir el importe suficiente para pagarla.

No fue una tarea cómoda. Había personas compasivas y generosas, cierto, pero también otros desconfiados que pensaban que era un vago, timador o que pedía para gastarlo en trago o en vino. Efectivamente, era un joven robusto y sano. Varias veces tuvo que mostrar los documentos que había requerido de las autoridades. Y a todos respondió siempre con sencillez y humildad.

Cuando, al fin, pudo pagar la imagen, la llevó primero al santuario de Copacabana, mandó hacer unos aparejos para cargarla a sus espaldas y así traerla a Cocharcas. Le esperaban muchos días de camino, muchas contrariedades, un largo Vía crucis que comenzó allí mismo, pues los buenos frailes le dijeron que, si había pedido limosna para la Virgen de Copacabana, debía dejarla en el templo. El humilde Sebastián tuvo que acudir a las autoridades a pedir documentos que le permitiesen llevarse la imagen.
Finalmente, los frailes agustinos aceptaron su devoción y le permitieron cumplir su deseo. Al día siguiente, después de confesar y comulgar, emprendió el camino con la imagen a cuestas, entonando hermosas cantos marianos en quechua. Mucha gente de los poblados le salía al encuentro y lo acompañaba en tan singular procesión… Pero a las autoridades eclesiásticas de Cuzco llegó la noticia de que tal vez el indio practicaba así ritos paganos, y hubo de estar en la cárcel en Urcos hasta que, dando muestra de humildad, verdadero sentido religioso y piedad sincera, fue puesto en libertad.

Varias semanas después llegaba con la imagen a la parroquia de Cayara. Allí permaneció la imagen por tiempo, hasta que se construyó en Cocharcas una pequeña capilla para poder albergarla.

El “Químichu” comenzó una nueva aventura. Requirió permiso de las autoridades para pedir limosna a fin de construir una iglesia para la sagrada imagen. En este afán, cuando iba acompañado de su primo por Cochabamba, en tierras de Bolivia –el Alto Perú-, fue alcanzado por unas fiebres que pusieron fin a sus días. Con el dinero recaudado se pagó su entierro. Años más tarde, los padres jesuitas difundieron esta historia y la Corona española construyó el hermoso santuario, una verdadera obra de arte colonial. Los restos fueron traídos a Cocharcas, donde hoy se encuentra su sepulcro, cerca de la sagrada imagen que tanto amó y que portó a sus hombres hasta su pueblo.

 
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