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Una diócesis es un territorio eclesiástico gobernado por un obispo. La nuestra comprende las provincias de Andahuaylas, Chincheros, Aymaraes y Abancay. Esta última es la sede del obispo, por ello, nuestra jurisdicción se llama Diócesis de Abancay, creado por el Papa Pío XII el 28 de abril de 1958. Estamos de fiesta, celebrando las Bodas de Oro, 50 años de vida eclesial.
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El 19 de julio del año pasado, Mons. Enrique Pélach, segundo obispo de Abancay e hijo de San Josemaría, fundador del Opus Dei, partió hacia la casa del Padre, dejando una amplísima labor pastoral de evangelización y llena de obras sociales en favor de los más desposeídos de la Región de Apurímac. Mons. Enrique afirmaba que él nunca había encontrado almas solas. Los que tocaban su puerta y los que él encontraba en las calles, eran niños, adolescentes, ancianos y leprosos, con alma que dar a Dios y cuerpo que dar de comer, vestir y curar. Don Enrique nunca hizo propaganda de lo que hacía, lo importante era lo que Dios veía y con eso le bastaba; para él, los pobres eran el mismo Cristo. Inauguraba sus obras sólo junto a sus allegados: los sacerdotes y las religiosas, a quienes llamaba su “familia diocesana”. No hubo periodistas ni locutores
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Desde el 12 de julio de 1993, el heredero de todo ello es Mons. Isidro Sala Ribera, actual Obispo de Abancay, quien ha continuado impulsando las obras pastorales iniciadas por su antecesor. Durante su gobierno, en lo que respecta a las vocaciones sacerdotales, son más de cien los sacerdotes que han llegado al altar. Las congregaciones religiosas han aumentado en número. Asimismo se crearon nuevas parroquias y la labor pastoral con laicos organizados en distintos movimientos tiene nuevo vigor. Asimismo, la Cáritas Diocesana -cuyo presidente del Directorio es Mons. Isidro- ha ejecutado un sinfín de obras sociales en toda la geografía de la diócesis, incluso -diría- más que en ninguna otra jurisdicción eclesiástica del País. Otro botón de muestra es el Centro Médico Santa Teresa, pues cada año atiende cerca de 20.000 indigentes y que tranquilamente se equipara al Hospital Regional en la cantidad de historiales clínicos. Mons. Isidro dejó su querida España y se nacionalizó peruano. Vino a predicar la Palabra de Dios, dejando huella por donde haya pasado (Chalhuanca, Andahuaylas y San Jerónimo, como párroco; y toda la geografía de la diócesis, como Obispo). De esos pueblos, decenas de jóvenes abrazaron el sacerdocio y la vida religiosa. Quien posee un bien -en este caso el amor de Dios- siente la imperiosa necesidad de transmitirlo a los demás. En esto ha consistido la labor principal de este buen Pastor. Hoy, 3 de marzo, es cumpleaños de Mons. Isidro. ¡Muchas felicidades! La ley de la Iglesia, el Código de Derecho Canónico, contempla que los obispos al cumplir los 75 años presenten su carta de renuncia al gobierno de la diócesis respectiva. Mons. Isidro lo ha hecho gustosamente, pero tenemos plena confianza de que el Santo Padre no le aceptará de inmediato.
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A los fieles de la diócesis no nos queda otro que dar gracias a Dios por tan buen pastor. La Iglesia de Abancay sí ha cumplido abundantemente su misión pastoral. Ese surco abierto debe continuar. Si los sacerdotes somos fieles a nuestra entrega y andamos apoyados en la fuerza de la oración, nuestra diócesis aportará mucho más a la Iglesia Universal, pero también es cierto que no lo haremos sin la oración y el apoyo incondicional de los laicos. Somos conscientes de que la labor es ingente. Hay tanto que hacer, pues apenas hemos iniciado el camino hace medio siglo. Pedimos a Mamacha Cocharcas, nuestra Patrona que nos prepare un camino seguro.
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